El Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) ha trazado un camino claro: sustituir a Convergència como el eje central de la política catalana. Desde hace un tiempo, Salvador Illa ha adoptado un perfil que recuerda al del histórico líder nacionalista Jordi Pujol, en una clara asimilación de postulados. De hecho, Illa reivindica continuamente la figura del ex líder convergente.
Este mimetismo ideológico explica movimientos tácticos del PSC, como el sonado fichaje de Josep Lluís Trapero. Contar con el exjefe de los Mossos, una figura vinculada al golpe de Estado del 1-O, sella la aceptación de los socialistas en el ecosistema nacionalista.
Por todo ello, el PSC se ha convertido en el auténtico voto útil del separatismo más pragmático. Es la opción preferida de aquellos que desean seguir avanzando hacia la secesión, mientras mantienen la mano extendida para desangrar financieramente al resto de las regiones españolas.
Salvador Illa está ejecutando la estrategia que el PSC ha desarrollado desde que Pedro Sánchez ocupa la Moncloa: el desmantelamiento metódico de lo poco que queda de la presencia del Estado en Cataluña. La Delegación del Gobierno en Cataluña mantiene una inacción brutal que permite la desaparición sistemática de los símbolos nacionales en los ayuntamientos separatistas, que son la gran mayoría. Es una política de abandono preocupante.
El resultado de esta connivencia es que amplias zonas de Cataluña ya son, de facto, un «país» diferente. La falta de cualquier rastro de que esas tierras son parte de España es palpable, más allá de algún buzón de Correos ultrajado con insultos a los españoles.
Salvador Illa no ha puesto fin al procés, sino que es su evolución lógica y natural. Es el tipo de líder que el independentismo necesita ahora, tras el fracaso del golpe de Estado de 2017 y las consiguientes medidas de gracia.
Illa se postula como la figura que facilitará que el Gobierno de España continúe desentendiéndose del constitucionalismo catalán. Esto permitirá al separatismo ocupar las escasas parcelas de la sociedad catalana que aún no ha dominado.
El líder socialista hará el trabajo sucio que le falta por completar al independentismo: liquidar la lengua española como idioma de uso social. Esto incluye erradicarla de los patios escolares, los comedores, las universidades y el comercio.
Su política seguirá la senda de subvencionar a los «chivatos lingüísticos», cuyo objetivo es señalar y promover el despido de camareros o dependientes por no hablar catalán. Es el mismo modelo de «limpieza lingüística» que ya se ha visto en el Ayuntamiento de Barcelona bajo la dirección de Jaume Collboni.
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