Conozco a casi todos los compañeros que ejercen la defensa en el llamado juicio del procés, a alguno solo profesionalmente, con otros me une incluso amistad, y puedo afirmar que son excelentes profesionales.
Es más, son muchos los operadores jurídicos de todo tipo, abogados, jueces, fiscales que reconocen que el ambiente que hay en nuestro mundillo en Barcelona es mejor, más afable y con mas compañerismo que en otros lugares, y ellos con sus ideas, como yo y otros muchos como yo con las nuestras, contribuimos a que así sea.
Recuerdo por ejemplo cuando fui al Tribunal Supremo a escuchar la declaración de Rafael Vera, que estaba también imputado en el caso en el que yo defendí al General Rodríguez Galindo. Ante la sorpresa de muchos organizamos una cena con Olga Tubau (que llevaba la acusación en un caso conectado que se veía en el Tribunal Supremo) a la que invitamos a sumarse a más gente, entre ellos periodistas. Tal fue la sorpresa que nos dedicaron un artículo a los dos.
Digo esto porque a la gente profana a nuestra profesión le sorprende a veces que entre nosotros seamos buenos amigos y compañeros personas muy diferentes. Como también lo somos de jueces o de fiscales. Siempre pongo el mismo ejemplo: el de un partido de fútbol, donde un gran amigo delantero hará todo lo posible por meterle un gol a su gran amigo portero.
Lo que mucha gente desconoce es que en determinados juicios la propia personalidad o las circunstancias del cliente nos obligan a actuar de una manera determinada. Por ejemplo, “mi ex marido no me paga la pensión, quiero denunciarle pero no quiero que vaya a la cárcel el padre de mis hijos”.
Yo mismo he vivido circunstancias que me han limitado en mi defensa. Por ejemplo cuando el mencionado General Rodríguez Galindo me dijo que “si dices o haces algo que perjudique a mis hombres renunciaré a ti como abogado”. Porque para él sus hombres, España y la Guardia Civil estaban por encima de su persona. O el mismísimo Lobo, cuando me planteó que le importaba un bledo ir a la cárcel con lo que había pasado en su vida, pero que bajo ningún concepto iba a consentir que le acusasen de identidad falsa.
El abogado es libre en el ejercicio de su profesión, pero hay clientes que marcan líneas e incluso a veces imponen criterios que uno es muy libre de aceptar o no, pero que de no hacerlo su defensa chocará con su representado. Por eso cuando se analiza la intervención de un abogado, no está de más considerar a quien representa. Como decía el maestro Ortega y Gasset “yo soy yo y mis circunstancias”.
Así que no les quepa la menor duda, excelentes abogados, diferentes entre ellos, como diferentes son sus clientes, enfrente excepcionales fiscales y un Tribunal inmejorable. Si esto no es un Estado de Derecho, que baje Dios y lo vea.
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