¡Madre mía! Qué susto nos acaba de dar el cuerpo con todo lo que está pasando en la política española, ¿verdad? Aunque le aseguro que, si Fernando Esteso estuviera leyendo esto desde el más allá, nos pediría que nos tomáramos una cañita a su salud antes de ponernos solemnes. El genial cómico y actor nos dejó este febrero a los 81 años, dejándonos un vacío enorme en la memoria colectiva y en la historia de la comedia española.
Para entender lo que supuso Esteso no hace falta sacar un manual de cinematografía, sino acordarse de aquellas tardes de domingo frente al televisor. Junto a su eterno compañero de fatigas, Andrés Pajares, se convirtió en el rostro indiscutible de una España que despertaba de la dictadura a base de carcajadas, picaresca y mucho humor absurdo. Aquellas películas de «destape», que hoy miramos con cierta ternura y nostalgia, llenaban los cines de barrio hasta la bandera.
Pero Fernando era mucho más que el chiste fácil o la persecución en la playa. Era un artista completo que empezó desde abajo, pateándose las salas de fiesta como cantante y humorista. De hecho, ¿quién no ha cantado alguna vez eso de «La Ramona» o «El Bellotero Pop»? Consiguió la hazaña de colar temas humorísticos en las listas de éxitos de la época, demostrando una vis cómica y un oído musical que ya quisieran muchos.
Lo fascinante de su figura es cómo logró conectar con la gente de a pie. No pretendía sentar cátedra ni hacer cine de autor para exquisitos; su misión era hacer sonreír al ‘currante’ que venía de trabajar doce horas seguidas. Y vaya si lo conseguía: tenía esa gracia aragonesa, socarrona y fresca, que convertía cualquier situación cotidiana en un auténtico sainete imborrable. Hace unos años le rindieron un merecido homenaje en Cornellà de Llobregat, en el festival de cine B-Retina, y mostró al público asistente su bonhomía y su inmensa vis cómica.
Con el paso de los años, el tiempo puso a cada uno en su sitio y la crítica terminó rindiéndose a su talento. Esteso demostró que detrás del personaje había un actor maduro capaz de reírse de sí mismo hasta el último día. Supo envejecer con la dignidad de los grandes cómicos, agradeciendo siempre el cariño de un público que jamás le dio la espalda. Se nos ha ido un pedacito de nuestra infancia y de la cultura popular de este país, pero su legado se queda grabado a fuego en la filmoteca de los buenos momentos. Descansa en paz, Fernando, y gracias por habernos hecho la vida un poco mejor.
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