Hay figuras que no pertenecen solo al mundo del espectáculo, sino a la memoria sentimental de varias generaciones. Juan Tamariz, fallecido este martes a los 83 años, era uno de esos rostros capaces de meterse en el salón de cualquiera con una baraja de cartas y una energía tan desbordante que rozaba lo surrealista. Su magia no buscaba impactar con grandes efectos de humo o apariciones estrambóticas; lo suyo era el engaño cercano, la risa contagiosa y ese célebre «violín invisible» que rasgaba emocionado cuando el truco dejaba a todo el mundo con la boca abierta.
Empezó en esto del ilusionismo casi antes de aprender a multiplicar, cuando apenas contaba cuatro años. Desde entonces, el truco de manos dejó de ser un simple pasatiempo para convertirse en el motor absoluto de su vida. Ese tesón y un talento excepcional para la cartomagia lo llevaron a lo más alto de la disciplina en 1973, cuando se coronó con el Primer Premio Mundial en París. Tamariz no solo dominaba los naipes con una precisión matemática increíble, sino que entendía mejor que nadie que el verdadero truco consistía en conectar con el público a través del humor y la simpatía.
Su desembarco en la televisión cambió para siempre la manera en que la gente entendía el ilusionismo en España. En una época en la que la pequeña pantalla reunía a familias enteras en el sofá, sus mofas, sus caras de pillería y sus chistes lograban que la magia pareciera un juego de niños al alcance de cualquiera, aunque detrás hubiera horas de estudio concienzudo. Coló la cartomagia en el imaginario popular y logró algo insólito: que ver a un señor despeinado manipulando una baraja fuera uno de los momentos más entretenidos y esperados de la semana.
La triste noticia la confirmaba su hija, Ana Tamariz, a través de una emotiva publicación en redes sociales acompañada de una fotografía de ambos. «Agradecidísima por todo el amor que me dio y por todo el amor a la magia que nos regaló», explicaba en su mensaje de despedida. Ana, que mantiene vivo el legado familiar al frente de la Gran Escuela de Magia de Madrid fundada junto a su padre, quiso tener un recuerdo cariñoso para todos los magos, amigos y allegados que acompañaron al maestro a lo largo de su intensa trayectoria hasta el último momento.
Nos deja un personaje irrepetible, un clásico de la cultura popular que enseñó a varias generaciones a mirar las manos del tahúr con la ilusión de quien prefiere ser engañado para seguir sonriendo. Su recuerdo perdurará no solo en los libros de texto para ilusionistas o en las aulas donde se sigue enseñando su arte, sino en la memoria de quienes alguna vez intentamos, sin éxito y frente al espejo del pasillo, imitar su inconfundible y genial «¡chan-ta-ta-chán!».
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