Carles Puigdemont volvió a ejercer este viernes de anfitrión en Waterloo, esta vez para recibir al líder de EH Bildu, Arnaldo Otegi. La cita, comunicada simultáneamente por Junts y Bildu, pretende presentarse como un simple intercambio político, aunque se inscribe en la estrategia de ambos para influir en la cada vez más inestable mayoría que sostiene a Pedro Sánchez en el Congreso.
Según explicaron ambas formaciones, el encuentro sirvió para repasar la situación política tanto en Cataluña como en el País Vasco, así como en el conjunto del España. Nada nuevo: las dos fuerzas se han convertido en piezas clave para que el Gobierno pueda seguir respirando políticamente, y son conscientes de la capacidad de presión que les otorga esa aritmética parlamentaria. No es casual que Puigdemont y Otegi ya se hubieran reunido el pasado 25 de marzo, también en la capital belga, justo después de la reelección de Otegi al frente de Bildu.
En esta ocasión, el secretario de relaciones políticas de EH Bildu, Gorka Elejabarrieta, también acudió a la cita, reforzando la dimensión estratégica del encuentro. Junts difundió un comunicado en el que subraya que las dos organizaciones son “conscientes de la complejidad del contexto actual” y que han coincidido en la necesidad de estrechar la colaboración entre lo que denominan “ambas naciones”. El lenguaje, milimetrado, intenta proyectar una imagen de alianza sólida entre formaciones cuyo proyecto político desafía la integridad territorial española.
El comunicado insiste en que seguirán trabajando conjuntamente, como —recuerdan— ya lo han hecho durante años junto a otras fuerzas soberanistas. Aunque Junts evita citar nombres, en Cataluña el socio habitual de Bildu es Esquerra Republicana. La formación de Oriol Junqueras mantiene desde hace tiempo una relación fluida con los de Otegi, hasta el punto de implicarse de forma significativa en la última campaña electoral vasca para respaldar a la izquierda abertzale.
La reunión, por tanto, no es un gesto improvisado, sino otro capítulo en la creciente coordinación entre fuerzas que buscan imponer en Madrid su agenda identitaria y su capacidad de bloqueo. Mientras Junts y Bildu se afanan en presentarse como actores responsables y dialogantes, ambos saben que su influencia depende precisamente de mantener en vilo a un Gobierno que necesita sus votos para sobrevivir.
El contexto no puede ser más oportuno: la fragilidad de la mayoría que sostiene a Sánchez ha quedado expuesta después de que Junts anunciara la retirada de su apoyo al Ejecutivo. En este escenario, la cita en Waterloo actúa como un recordatorio de que Puigdemont y Otegi aspiran a condicionar la política estatal desde fuera, aprovechando una aritmética parlamentaria que convierte su respaldo en un bien escaso y, para el Gobierno, dolorosamente imprescindible.
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