En la cámara autonómica catalana abunda la estrategia del “cordón sanitario”. ERC, los Comunes y, cómo no, el PSC, han vuelto a activar su estrategia favorita: silenciar a VOX. No discuten ideas, no ganan debates. Simplemente los vetan. Como hacen los que no creen en la democracia, pero sí en el control del relato.
Su excusa para este intento de cancelación política es que VOX es “ultraderecha”. Pero no tienen problema en pactar con los amigos de ETA que responden al nombre de Bildu o en sentarse con Carles Puigdemont, un fugado de la justicia. El problema no es VOX. El problema es que VOX no traga con el separatismo ni con sus peajes ideológicos.
En el Parlament, en ayuntamientos, donde sea. Si VOX presenta una propuesta, la izquierda catalana ya tiene la respuesta preparada: “No”. Aunque propongan plantar árboles. Aunque sea para condenar la violencia. Lo importante es bloquear.
El PSC, que juega a ser el poli bueno del separatismo, se suma con gusto. Salvador Illa vende que es un moderado pero, a la hora de la verdad, vota junto a los radicales. VOX representa a miles de catalanes hartos del procés, del buenismo progre y de la sumisión lingüística. Y la izquierda no lo soporta.
Mientras tanto, los medios del régimen callan. Algunos incluso aplauden. Porque lo importante es mantener la farsa. Que parezca que aquí todos pensamos igual. Que el problema es VOX, no los que se saltaron las leyes en 2017 ni los que siguen viviendo del agravio.
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