El acuerdo presupuestario entre Salvador Illa y Jéssica Albiach ha quedado sellado, pero nace cojo. Aunque el PSC y los Comuns exhiban su sintonía en medidas intervencionistas como la limitación de la vivienda, el tablero real se mueve en la sede de Esquerra Republicana. Oriol Junqueras ha decidido que las cuentas de la Generalitat son el rehén perfecto para forzar al Gobierno central a claudicar en materia fiscal.
La exigencia de ERC es meridiana: el traspaso integral del IRPF a Cataluña. No se trata ya de una declaración de intenciones, sino de una condición sine qua non que el líder republicano mantiene grabada a fuego. Para Junqueras, el presupuesto catalán no es una herramienta de gestión, sino una palanca de presión contra una María Jesús Montero que, en clave electoral andaluza, no parece dispuesta a ceder la llave de la caja.
Esquerra ha jugado sus cartas con astucia en el Congreso, retirando sus proposiciones de ley solo para transformarlas en una amenaza de enmienda. Este repliegue táctico no es una rendición, sino una forma de simplificar el chantaje: o hay compromiso con el IRPF o el Govern de Illa se queda sin aire. Los republicanos saben que el presidente de la Generalitat está atrapado entre las promesas de investidura y la cruda realidad de un Ministerio de Hacienda que dice «no».
En medio de este pulso, la crisis de Rodalies ha caído como un regalo caído del cielo para la estrategia separatista. Junqueras utiliza el malestar ciudadano por el servicio ferroviario para exigir la activación inmediata del consorcio de inversiones. Es una jugada doble: ERC se presenta como defensora de los servicios públicos mientras mantiene el cuchillo en la garganta de Illa con la financiación singular.
Resulta revelador el intento de Salvador Illa por ofrecer el consorcio de inversiones como moneda de cambio para desbloquear las cuentas. Sin embargo, Junqueras ha sido tajante al rechazar el trueque. Para Esquerra, las inversiones en infraestructuras son una obligación pendiente de Madrid, no una concesión que sirva para aparcar el debate sobre el IRPF. La voracidad fiscal del independentismo no conoce el término medio.
La soledad de Illa en este tramo de la legislatura es notable. Ha pactado con los Comuns un programa que espanta a los sectores moderados, pero sigue dependiendo del visto bueno de una ERC que no tiene ninguna prisa. El presidente catalán se ve obligado a hacer equilibrismo para no desairar a Montero en Madrid mientras intenta contentar a un Junqueras que huele la debilidad del Ejecutivo central.
Este escenario confirma que la estabilidad en Cataluña sigue siendo un espejismo condicionado por las urgencias del independentismo. La política catalana ha pasado de la «conllevancia» a un sistema de peajes constantes donde el interés general siempre queda en segundo plano. Illa tiene la foto con Albiach, pero la llave del despacho la sigue teniendo quien reclama el control total de los impuestos de los catalanes.
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