La sesión de control en el Parlament de Catalunya ha dejado en evidencia, una vez más, la estrategia de evasión que caracteriza al Govern de Salvador Illa cuando los temas se vuelven incómodos. El president de la Generalitat ha preferido pasar de puntillas sobre los incidentes que empañaron los actos institucionales recientes.
El foco de la oposición separatista se centraba en la polémica expulsión de 600 cantantes que debían participar en la bendición de la Sagrada Familia. Tanto Junts como la CUP exigieron explicaciones inmediatas sobre un veto que ha indignado al tejido asociativo y cultural separatista catalán.
Sin embargo, Illa optó por el silencio administrativo y se negó a ofrecer respuestas claras sobre el origen de la orden, a pesar de que podría haber presumido de haber impedido un intento de boicot secesionista a un acto solemne que estaba siendo visto por docenas de millones de espectadores en todo el mundo.
La portavoz de Junts, Mònica Sales, fue especialmente dura al afear al president su falta de sensibilidad. Sales contrastó el respeto institucional del Papa León XIV hacia la lengua catalana con los bandazos lingüísticos del propio Illa. La oposición no entiende cómo el Ejecutivo catalán ignora un atropello organizativo de tal calibre en un escenario de relevancia internacional.
Illa se amparó exclusivamente en el éxito global de la visita papal. Para el president, el brillo de los titulares internacionales justifica cualquier disfunción interna y borra las preguntas legítimas de los grupos parlamentarios. Es la vieja política de desviar la atención cuando las cosas se complican en casa.
Donde no mostró timidez alguna el líder del PSC fue en la defensa numantina de su jefe de filas en Madrid. A preguntas del Partido Popular sobre los constantes escándalos que acechan al Palacio de la Moncloa, Illa decidió redoblar la apuesta de forma sorprendente. El president cerró filas de manera incondicional con el Ejecutivo central, demostrando dónde residen sus verdaderas prioridades políticas.
Sin pestañear, Illa proclamó ante el pleno que Pedro Sánchez es el mejor presidente de la historia de España. Una afirmación audaz que busca blindar al líder socialista en un momento especialmente delicado por los frentes judiciales abiertos. El Parlament presenció así un ejercicio de fe ciega más propio de un mitin de partido que de una sesión de control institucional.
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