En política, como en la vida, conviene no tentar a la hemeroteca. Y menos aún cuando la fe —esa que algunos arrinconan en el desván de lo privado— se convierte súbitamente en ariete diplomático si la ocasión lo exige. Eso es, al menos, lo que ha vuelto a suceder con Pedro Sánchez, quien ha elevado su protesta contra Benjamín Netanyahu tras la prohibición de la misa del Domingo de Ramos en Jerusalén.
La secuencia es conocida. Las autoridades israelíes impidieron el acceso al Santo Sepulcro al patriarca latino, alegando motivos de seguridad en un contexto de alta tensión regional, una decisión que —cierto es— ha provocado críticas internacionales y que posteriormente fue parcialmente rectificada por el propio Gobierno israelí
Entre las voces más severas se alzó la del Ejecutivo español, que calificó el episodio como un “ataque injustificado a la libertad religiosa” y llegó incluso a convocar a la representación diplomática israelí en Madrid. Pero quien hoy se erige en adalid de esa causa es el mismo dirigente cuya relación con la tradición cristiana ha estado marcada por la frialdad institucional y, en no pocas ocasiones, por un distanciamiento deliberado.
No es un secreto que el Gobierno de Sánchez ha evitado en los últimos años gestos simbólicos asociados a la tradición católica —incluidos mensajes navideños de carácter religioso—, al tiempo que ha impulsado políticas que han tensado la relación con la Iglesia. Ese contexto convierte su reacción en un movimiento difícil de desligar del cálculo político, máxime en un escenario internacional donde España mantiene una creciente tensión diplomática con Israel desde hace meses
El episodio de Jerusalén —insólito por producirse en plena Semana Santa y en uno de los lugares más sagrados del cristianismo— ha servido así de catalizador. Pero también de escaparate. Sánchez no solo condenó el veto, sino que lo hizo con una contundencia inhabitual en otros ámbitos, denunciando públicamente la actuación israelí y reclamando respeto al derecho internacional. Entretanto, desde Israel no han tardado en responder, acusando al presidente español de mantener una actitud hostil y de instrumentalizar el conflicto en clave política interna
Un reproche que, más allá de su tono, pone el foco en una cuestión incómoda: la coherencia. Porque en política exterior, como en la interior, la credibilidad no se improvisa. Y resulta difícil sostener un discurso firme en defensa de la libertad religiosa en Jerusalén cuando esa misma dimensión cultural y espiritual ha sido sistemáticamente relativizada en casa.
Quizá no se trate —como sostienen algunos— de una conversión súbita, sino de algo más prosaico: la constatación de que, en determinados momentos, incluso los símbolos que se relegan pueden convertirse en herramientas útiles. Aunque sea, como ahora, a miles de kilómetros y bajo el eco solemne de las campanas que no pudieron sonar en el Santo Sepulcro.
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