Pedro Sánchez ha de dimitir no solo por los continuos escándalos que están señalando a su entorno en el Gobierno, en el partido y a nivel familiar, sino también porque ha sido un pésimo gobernante que ha conseguido que la gestión pública en España sea un auténtico desastre.
Nunca íbamos a padecer un apagón generalizado, nos decían, y lo tuvimos. Nos aseguraban que somos un país preparado para gestionar catástrofes y tras la Dana en Valencia se tardó días y días en desplegar adecuadamente al ejército y a las fuerzas de seguridad del Estado.
Sánchez no fue responsable del temporal, pero sí del “si quieren ayuda que me la pidan”. Tenemos un sistema sanitario público que nos venden como si fuera maravilloso y que podía asumir cualquier emergencia pública, nos vendían. Llegó el covid y no teníamos ni mascarillas ni respiradores.
Teníamos unas infraestructuras impresionantes, repetían una y otra vez los propagandistas del sanchismo. Pero desde hace años tenemos el sistema ferroviario colapsado. Y no solo en Cataluña. Cualquier incidencia causa un caos, porque no hay planes de previsión dignos de tal nombre.
Tenemos soldados y policías, valientes y eficaces, pero mal pagados. Pero lo que no tenemos es un Gobierno que sepa sacar partido de toda la experiencia y bravura de los servidores públicos. Al contrario, a menudo los escondemos para que los socios separatistas de Sánchez no se enfaden por tener en sus calles agentes de la Guardia Civil, de la Policía Nacional o soldados con la bandera de España en sus uniformes.
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