El PSOE atraviesa una crisis de legitimidad alimentada por un escándalo de corrupción que amenaza con desgastar el principal activo de su liderazgo: la credibilidad. La implicación del ex secretario de Organización Santos Cerdán, junto a figuras como Ábalos y Koldo García, en una presunta trama de comisiones ilegales ha sido demoledora.
La figura de Sánchez, lejos de resentirse, ha reforzado su control interno sin concesiones ni apertura democrática. A pesar de la magnitud del escándalo, no solo ha descartado adelantar elecciones o presentar una cuestión de confianza, sino que ha reprimido la disidencia interna, centralizando la toma de decisiones en un núcleo cerrado.
A nivel electoral, la ciudadanía ha expresado su hartazgo: encuestas recientes apuntan a que la mayoría de los españoles exige elecciones anticipadas o la dimisión de Sánchez para permitir un liderazgo alternativo en el PSOE. Con niveles de desaprobación que rozan el 60 % en algunos aspectos, queda claro que la gestión de la crisis ha provocado una pérdida de confianza sustancial, sin indicios de cambio ni de autocrítica profunda en el horizonte.
Desde fuera del PSOE, voces internacionales elevan la presión. El semanario The Economist subrayaba recientemente que la permanencia de Sánchez, después de una sucesión de escándalos, daña la democracia y exige una salida clara: ya sea un relevo veterano, un adelanto electoral o la propia dimisión. La advertencia resuena como una llamada urgente ante el riesgo sistémico que representa la perpetuación de un liderazgo que parece aferrado al poder antes que a la regeneración democrática.
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