Parálisis

Lo confieso: no sé de qué hablar, qué escribir, qué tema traer a cuento y a cuenta de qué. No sé cuántos españoles compartirán esta perplejidad, esta apatía, una especie de desenganche o flojera mental que me ha sobrevenido después de las elecciones. Me refiero a la marcha general del país, la nación, la sociedad, la necesidad de valorar el “estado de ánimo general”, ese presente que incluye el futuro inmediato y un poco más allá, tarea a la que he dedicado gran parte de estos artículos semanales.

Este estado de ánimo, no pesimista, sino inclinado a la apatía, es sin duda un mecanismo de defensa ante la saturación de estímulos, ante la imposibilidad de discriminar, sopesar y analizar la acumulación de hechos y dichos contradictorios que nos acosan cada día. Me gustaría pensar que esta reacción es una forma de protección, un momento de pausa necesaria para no dejarse arrastrar por el agujero negro que genera la inmediatez, las urgencias del momento.

Quizás todo tiene que ver con el impulso o la necesidad de detectar y describir cómo nos vemos y cómo nos sentimos hoy la mayoría de ciudadanos, algo que no muestran los resultados electorales, sino que lo enmascaran. Si es válida la analogía que considera a la sociedad como un organismo vivo, diríamos que los síntomas más evidentes señalan un proceso de desintegración orgánica, de pérdida del impulso de coordinación y cohesión entre todos los elementos que componen el ser vivo que como sociedad somos. Lo más parecido es el cáncer, en el que un conjunto de células deciden ir por su lado, para lo cual necesitan destruir a otras y ocupar su espacio.

La duda que me paraliza es saber si esta sensación, la percepción que yo tengo de la realidad orgánica (política y social) de nuestra patria es general o sólo fruto de mi particular modo de observar y analizar los hechos, las tensiones, los movimientos biológicas del conjunto. El impulso básico de los seres vivos es alcanzar un equilibrio entre el interior y el exterior. La homeostasis es ese estado en el que un organismo logra mantener los niveles óptimos de todos los componentes vitales, desde el calcio y el oxígeno, a la glucosa o el hierro. Mantener la vida, permanecer en el ser, ésta es la ley general. Para ello necesita coordinar y cohesionar todas las células, todos los elementos que constituyen su ser.

En un cuerpo sano, triunfa el principio homeostático; ¿pero qué pasa cuando un organismo es incapaz de restaurar ese equilibrio que hace posible la vida? Del mismo modo que nosotros dependemos del cerebro, que de forma consciente e inconsciente regula las acciones necesarias para la supervivencia, así creo yo que tenemos un cerebro social, con circuitos especializados en  distintas tareas, pero sobre todo capaz de generar una conciencia de sí mismo autoprotectora. A esta conciencia contribuyen todos los cerebros individuales, que, como las neuronas, deben conectarse, cooperar e integrarse en un propósito común. Yo, al menos, así lo intento.

Digo que la sociedad española necesita tomar conciencia de sí misma, el paso previo para que se despierte en ella el instinto de supervivencia, el deseo de permanecer, hoy aletargado. La conciencia de sí mismo es la unidad central que permite la coordinación e integración de todas las neuronas y células del cuerpo. Conciencia autobiográfica de pertenencia y permanencia, que es la base de cualquier racionalidad consciente. La gestión de la vida social no es posible sin una deliberación reflexiva, consciente y eficaz. Nuestro cuerpo social ha perdido la capacidad de tomar decisiones destinadas al mantenimiento de la vida, por eso lo más urgente es que recupere la conciencia de sí mismo y encare el proceso de desintegración y muerte a la que, si no reacciona, está abocado.

Despertar el instinto, el inconsciente biológico, el impulso de la vida. Superar la apatía paralizante que puede acabar invadiendo todo el cuerpo y el cerebro social. No creo que el miedo, la amenaza de un futuro autodestructivo (metástasis) sea fruto de ningún delirio personal. Ojalá lo fuera, pero acabo de leer que hasta Carlos Saura, nada sospechoso de alarmista, ve como posible una nueva guerra civil, de la que observa síntomas muy preocupantes.

Bueno, estamos en el 2019; para el 2036 faltan 17 años. Más o menos los que Iceta anuncia para la independencia de Cataluña… Pero como hoy el tiempo corre que es una barbaridad, quién sabe, quizás el parto se adelante.

Santiago Trancón Pérez


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