Nacionalismo y patriotismo: ¿dos caras de una misma moneda?

Hace unos meses, durante un homenaje a los caídos en la Primera Guerra Mundial, el presidente francés Emmanuel Macron alertó del resurgir del nacionalismo, cuya sombra de “rencor y resentimiento” veía cernirse de nuevo sobre Europa. Para Macron, el nacionalismo era una “lepra” que podía terminar desmembrando el viejo continente. Sin embargo, advirtió de que no había que confundir nacionalismo con patriotismo, siendo éste último un sentimiento constructivo situado en las antípodas del primero.

A nadie le pasó inadvertido que el dirigente galo pronunciase estas palabras en presencia de Donald Trump, que tan solo tres semanas antes se había expresado en términos opuestos: “Hay una palabra que ha pasado un poco de moda: se trata de nacionalista. Y yo digo, ¿en serio no deberíamos usar esa palabra? ¿Saben lo que soy yo? Soy un nacionalista, ¿de acuerdo? Soy un nacionalista. Usen esa palabra”.

Y bien: ¿Qué mandatario está en lo cierto? Si atendemos a la ya clásicas reflexiones de George Orwell sobre nacionalismo, deberíamos inclinarnos por las tesis de Macron. Recordemos que en la obra Notas sobre el nacionalismo (1945), el ensayista británico se mostraba muy crítico con la cosmovisión nacionalista, que definió como el “hábito de asumir que los seres humanos pueden clasificarse como insectos, y que bloques enteros de millones o decenas de millones de personas pueden etiquetarse sin reparos como buenas o malas”.

No obstante, acto seguido matizaba: “No hay que confundir el nacionalismo con el patriotismo […] porque implican dos ideas diferentes e incluso opuestas. Con patriotismo me refiero a la devoción hacia un lugar particular y un estilo de vida particular, que uno cree que son los mejores del mundo, pero que no tiene ningún deseo de imponer en los demás. […] Por otro lado, el nacionalismo es inseparable del deseo de poder. El propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para él mismo, sino para la nación o la unidad en la que haya decidido hundir su propia individualidad”.

En cualquier caso, no todos advierten tantos matices entre ambos conceptos. Por ejemplo, un partido como Ciudadanos —formación que nació para combatir el nacionalismo catalán— ha sido acusado de abrazar el “nacionalismo español” por rodearse de banderas rojigualdas en distintas manifestaciones constitucionalistas, así como en los actos de su plataforma España Ciudadana —cuya presentación es recordada sobre todo por la vehemente interpretación del himno de España llevada a cabo por Marta Sánchez—. Ante estas críticas, dirigentes como Inés Arrimadas han alegado que la formación naranja practica el “patriotismo cívico”, sentimiento muy alejado del “carácter excluyente” del nacionalismo vasco y catalán.

Por su parte, formaciones tan reacias al nacionalismo español como Podemos han flirteado en los últimos tiempos con esta resbaladiza emoción. Íñigo Errejón, por ejemplo, defendió recientemente en una entrevista en Cxtx que la nueva izquierda debía “ser mucho más clara” en la cuestión nacional y “exhibir un patriotismo español desacomplejado”. A juicio de Errejón, la izquierda debía “empezar a sentir los símbolos nacionales como propios” y “disputarle la idea de España a la derecha”.

Por otro lado, el secretario de Organización de la formación morada, Pablo Echenique, incluyó hace un par de meses una banderita española en su perfil de Twitter. Tras las críticas de parte de sus seguidores, Echenique aclaró que con dicho icono solo pretendía responder a los que acusaban a su partido de financiarse con fondos iraníes en lugar de españoles. Pese a ello, el dirigente no ha borrado la enseña de su cuenta y sigue exhibiéndola a día de hoy.

Preguntados por El Catalán, distintos intelectuales han ofrecido su visión sobre la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. Para Daniel Gascón, autor de El golpe posmoderno y responsable de Letras Libres España, la distinción entre uno y otro concepto es “tan sutil como la que existe entre el erotismo y la pornografía”. “Imagino”, añade, “que patriotismo es cuando te expresas tú y nacionalismo cuando lo hacen los demás”.

Igualmente crítico con el sentimiento patriótico se muestra Francisco Laporta, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. “Yo tiendo a considerar al patriota como una amenaza potencial por su exaltación. Y hay ciertos episodios de la historia de mi patria que rechazo profundamente”, expone Laporta.

Por el contrario, el dramaturgo Pau Guix considera que patriotismo y nacionalismo son conceptos antagónicos. Según el autor de El hijo de la Africana, “mientras el patriotismo se dedica a construir una sociedad en positivo, preocupándose por los ciudadanos, el nacionalismo construye su proyecto en negativo, basándose en el odio hacia los que considera elementos ajenos”. “Es decir”, explica, “el primero es construcción y el segundo, destrucción”.

En opinión de Guix, otra diferencia es que el nacionalismo posee una dimensión religiosa de la que carece el patriotismo, que sería un sentimiento laico. “Los nacionalistas, como los que profesan religiones poco evolucionadas, tratan de imponer por la fuerza sus ideas al conjunto de la sociedad. No así los patriotas, que aman a su país prescindiendo de esa locura religiosa. En el caso del patriotismo, el motor nunca es el odio ni la imposición, sino el afecto”, asevera.

Por Óscar Benítez


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