Todos somos territoriales, de una forma u otra los humanos marcamos el espacio peculiar al que pertenecemos y allí dejamos nuestra huella. Se puede suponer que dicha marcación del espacio es exclusiva del reino animal, pero es evidente y palpable que nuestra marcación, más simbólica y a menudo imperceptible, es profundamente poderosa.
Los mal llamados “indígenas”, en todas las investigaciones de las que se tienen noticia, hacen prevalecer en el espacio su valor simbólico. El territorio entero es para ellos un edificio conmemorativo y religioso donde tienen lugar las manifestaciones más profundas de sus creencias: mitos, costumbres, relatos acerca del grupo y de la región. Esas historias permanecen vigentes y se re-editan a intervalos regulares mediante fiestas y rituales diversos.[i] De esta manera, un árbol, en apariencia sencillo es el “árbol de la leche” (entre los ndembu ) y representa así el origen, la historia de la tribu y la de cada uno de sus miembros.[ii]
Entre nosotros existen dos tipos de espacio: público y privado. Este último hace referencia exclusivamente a aquel territorio que nos pertenece legítimamente porque lo hemos adquirido a través de una transacción económica (compra o alquiler) o a causa de una herencia. Nuestro espacio es exclusivamente el que nos pertenece desde un punto de vista legal. El ámbito jurídico no pretende dar cuenta en absoluto del espacio subjetivo; éste, infinitamente más amplio, está fuera de su esfera de análisis.
Por otra parte el “territorio de los afectos” no cesa de crecer plagado de historias complejas, individuales y colectivas. Revelan momentos vitales trascendentes en la vida del sujeto, las familias, los grupos, regiones y países.
Este territorio emocional se construye desde la infancia por imágenes con espacios diferentes: casas de familiares y de amigos, situaciones placenteras y también aquéllas rodeadas de temor y angustia y envueltos en nubes de fantasía. En la adultez, todo este caudal de espacios subjetivos, amados, temidos forman parte de nuestro mapa. Éste sirve para orientar caminos y rutas futuras.
¿Qué ha pasado en Catalunya? Un sector ideológico y político ha pretendido que esos territorios de los afectos formen parte del territorio legal. Un espacio sobre el que los ciudadanos pudieran tomar decisiones como si se tratara de una propiedad efectiva.
La carga emocional que invade esas tierras míticas ha sido empujada hacia una posibilidad cierta de toma de decisiones políticas.
En las diadas más recientes la ocupación física de Catalunya ha revelado de forma palmaria ese objetivo: inundar el espacio de cadenas humanas. Era preciso rellenar la tierra de personas, de allí el slogan “la calle nos pertenece”. Se hacía imprescindible pintar la naturaleza con los colores de la bandera.
Esos territorios han vibrado emotivamente cargados de simbolismo, de sentimiento de pertenencia y el relato de la historia ha confundido fantasía con hechos ciertos. Nada hay más fuerte que la idealización colectiva para empujar a un grupo humano a la acción, a la lucha, incluso al sacrificio.
En ello radica la dificultad de racionalizar y esclarecer las cuestiones. En el mundo de la mitología, de las creencias, no hay discusión ni cuestionamiento posible. Esta es una de las claves del gran equívoco, el enorme equívoco del “procés”.
- Susana Isoletta- Psicóloga Clínica- Psicoanalista – www.susanaisoletta.com
[i] / Lo Sagrado y lo profano. Mircea Eliade.
[ii] / La selva de los símbolos. Turner.
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