Desde hace más de doce años, tenemos un problema enquistado, en el que las soluciones racionales parecen haberse agotado. Saber lo que nos deparará el futuro en Cataluña, no es algo fácil. Durante todo este tiempo, la sociedad catalana ha quedado dividida pero no rota y eso, es un mérito que no podemos atribuir a la política ni a los políticos, si no al sentido común y a la paciencia de la mayoría de los ciudadanos.
Vivimos tiempos de desconcierto en los que la política, en los términos que la concibió Aristóteles y que forma parte de los cimientos de la civilización europea, ha sido desacreditada. Envilecida por aquellos que debieran demostrar dignidad, transmitir confianza, personificar respeto. Presidentes interinos por voluntad propia, que transpiran pequeñez y mediocridad. Legislaturas sin aprobar ni una sola ley que realmente importe, que mejore la vida de las personas.
Esperando que algo cambie, que las cosas sean distintas, vamos tragando con embudo las insensateces de las leyes de género, de la nueva religión del LGTBI, de un animalismo ridículo que nada tiene ver con el bienestar de los animales, de las inútiles políticas medio ambientales sólo beneficiosas para una élite oscura que atesora más podredumbre que el Sena en París, de la hipócrita política de inmigración que hace lo posible para reventar la cohesión social, religiosa y cultural de los ciudadanos.
La llegada del PSC con la colaboración de ERC y Comuns a la Generalitat, según dice Laia Estrada diputada de la CUP en el Parlament es la certificación de la muerte del “procés”. ¿Y qué hará Illa Desinflamar, bajar el tono, desdramatizar, adormecer y reconducir el penoso espectáculo. Le queda una ardua tarea por delante.
Trabajo complicado para Núria Parlon en Interior, sobre todo de recuperación institucional, profesional y de prestigio de los Mossos de Esquadra. Es indispensable. No queremos policía política, ni “porteros de lujo” de edificios públicos, sino agentes como el policía de Cambrils que abatió a cuatro terroristas del 17 A, en defensa de sus conciudadanos y de la libertad. Tardó cinco largos años en que la Generalitat le condecorara y tuvo que colgar el uniforme por el abandono de la Administración.
Otro trabajo intenso es el de Ramón Espadaler, conseller de Justicia, trabajo tan cercano al fuego que le será difícil no quemarse. Espadaler es un político de antes, procedente de Unió democrática de Catalunya, el partido democristiano de Durán Lleida, al que en público y en privado muchos catalanes encuentran a faltar.
Que alguien tan incapaz como la eurodiputada de Podemos Irene Montero, promotora de la Ley Orgánica de Garantía de la Libertad Sexual, más conocida como la ley del sí es si, que ha beneficiado a más de 1.200 violadores y pederastas, dejando a muchos de ellos en la calle, diga del nuevo conseller que es un “reaccionario, antiabortista, tránsfobo y antifeminista” es, viniendo de quien viene, todo un halago. Mucha suerte, Ramón.
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