Cataluña es España y España es Cataluña. Esto es verdad. El resto es sentimiento. La fragmentación, que desde posiciones falsas quieren imponer sobre el funcionamiento de nuestro Estado, es falaz, contumaz e interesada. Hay un problema de convivencia en Cataluña. Son los preliminares de un egoísta proceso de fragmentación y división personal que dará al traste con lo que somos.
Hay una guerra subterránea y mediática que censura a unos por la hegemonía cultural de otros. Hay una guerra porque desde determinados medios se está imponiendo una revolución cultural que permite que se vea como normal el asaltar sedes del PP o Cs; que se rompan los carteles electorales; que se insulte a los candidatos de estos partidos.
Todos son muestras de un cierto nivel de degradación moral que hace que parezca divertido limpiar las calles después de paso de la comitiva electoral de Cs o del PP. Pero mienten; y no por imperativo legal, mienten por clara y manifiesta demostración de odio étnico e ideológico hacia el discrepante, colocado ahora en la paradoja de decidir si debe morir socialmente y mirar para otro lado cuando ve un lazo amarillo que le insulta o huir de este bucle melancólico en el que está instalado el segregacionismo supremacista de ERC, CUP y otros.
Por imperativo legal pueden estar en el Congreso y por ese mismo imperativo pueden saltarse sus obligaciones cuando les viene en gana, insultando de paso a todos los demás que sienten cómo su vida civil queda encerrada en su casa. Si la comunidad política en una democracia solo se puede expresar en el ámbito privado, quizá deberíamos llamarlo de otra manera.
Porque si los señores que proclamaron la República estaban cometiendo un delito en el orden legal y otro en el moral, sabían, de antemano, que ese no era el modo y que la maquinaria mesiánica que presidía sus ambiciones personales no podía satisfacer su primera prece. Sin embargo, continuaron en la contumaz y fantástica irrealidad palaciega que genera una dinámica de enfrentamiento que empieza en el patio de un colegio.
Al gran hombre encerrado en sus pensamientos en Bélgica y al resto de personas que secundan y secundaron el golpe contra la democracia y el Estado de Derecho deberíamos preguntarles ¿por qué? Sus propias mentiras habitan en el mundo de la muerte social de otro.
Sí, no mientan, ustedes no quieren admitir que exista otra opinión posible, que exista otra forma de entender la realidad política, administrativa y sentimental de los españoles de Cataluña y han reducido la realidad a ser “La Vanguardia” catalana con su nueva nobleza amarilla.
No es un hecho material el sentimiento; no es un hecho social; apenas personal e individual y mienten cuando afirman metódicamente que existe una prenoción del ser catalán que elimina otras posibilidades de sentimiento. Mienten cuando afirman, sin rubor, que el Estado les usurpa. No les dejemos ninguna concepción metafísica, la realidad está aquí, en los millares de españoles que no quieren aceptar las cosas como ellos las ofrecen.
La verdad es que Cataluña es España y que España es Cataluña y que los catalanes son españoles y los españoles catalanes. Es esta aún una invariante sociológica, dejemos la psiqué de los líderes para el terreno de los juegos de rol, allí, pueden mentir a placer.
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