El CAC (Consejo del Audiovisual de Cataluña) no debería existir. Que desde el mundo de la política se dicte qué es bueno o malo en el mundo audiovisual es innecesario. Es un ente inquisidor que debería desaparecer.
Pero en Cataluña hay cierta pulsión controladora por parte del nacionalismo transversal que durante décadas ha dominado el Parlament. De ahí que se mantenga un ente que sirve, desde el poder, para intentar controlar a los medios díscolos.
Dado que existe, hay que exigirle que haga su labor con independencia y respeto al pluralismo. Pero se ha convertido en la pesadilla de los periodistas no independentistas y en el protector de los que usan los medios de comunicación para esparcir la semilla del odio y la división entre catalanes.
Si eres un opinador secesionista podrás difundir cualquier barbaridad sin apenas coste. De hecho se ha convertido en la principal herramienta para blanquear los excesos de TV3, el principal medio de la propaganda secesionista. En cambio, si eres un comunicador constitucionalista andarás con un punto de mira permanente sobre tu cabeza. Para tener un ente censor, mejor cerrarlo y así nos ahorraremos un dinero público que se podrá destinar a otras partidas más necesarias.
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