El mártir que les falta

Puigdemont lo sabe, Junqueras lo sabe y Forcadell lo sabe: el vetusto, anticuado e incómodo para los viajeros tren del separatismo encara el tramo final de la vía muerta por la que circula desde hace años y la colisión no será contra otro convoy, sino simplemente contra los topes que, a modo de protecciones, están situados en el punto en el que los carriles y las traviesas terminan. Sin más apoyos internacionales que los del italiano Umberto Bossi, el dictador Nicolás Maduro o los ultraderechistas belgas –mal que les pese- del Vlaams Belang, los impulsores de este desquiciado viaje hacia la nada que es el desafío soberanista saben que lo que les espera al final de la vía es el descrédito, la inhabilitación y la vergüenza.

Con todo, y me consta que en ese trasunto de cancillería que pretende ser el Govern del felón Puigdemont hace meses que trabajan para conseguirlo; los orates independentistas tienen claro que, tal y como ha transcurrido todo hasta la fecha; sólo un mártir les permitiría alcanzar una salida honrosa. Les da igual de qué tipo: tanto les vale un alto cargo encarcelado como cualquier desgracia en los cada vez más probables disturbios callejeros que es posible promuevan cuando la fantochada prevista para el 1 de octubre se les revele como imposible en los términos en que se plantea. ¿Qué ha de hacer pues el Estado? Pues bien sencillo: actuar como hasta la fecha.

Y eso significa hacerlo con el sentido común, el interés general y las necesidades de los ciudadanos como prioridades. Las provocaciones – la última ha sido traer al terrorista Otegi a Lleida para que nos diese lecciones- seguirán y es muy posible que su grado se incremente hasta rozar lo insoportable; pero nosotros, los catalanes orgullosos de ser españoles; no somos como ellos. Ni nosotros, ni nuestro Gobierno ni los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Por eso, y lo digo alto y claro desde esta tribuna que El Catalán me otorga, los separatistas deben saber que no van a tener el mártir que les falta. Y por eso, su única salida será volver a casa con el rabo entre las piernas.


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