Disculpen que empiece con semejante topicazo, pero los que llevamos poco tiempo en Madrid tenemos una especial querencia por todo ese simbolismo castizo, chulesco e ingenuo a partes iguales que, por escaso en esta imperativa normalidad, tan valioso es cuando se halla.
Y hasta aquí toda la identidad madrileña que vamos a encontrar cuando recorramos su territorio, afortunadamente, añadiría, porque ese es uno de los pilares de Madrid, que la identidad del territorio importa entre poco y nada, por mucho que la viscosa izquierda radical la convoque al campo de juego de las elecciones del 4 de mayo a ver si alguien se lo compra, aunque sea en forma de subvención, que es como más cala.
En Madrid no está permitido esconderse tras hechos diferenciales, ni en cursis sentimientos, no hay políticos que lloran ni cobardes a la fuga, no hay república feminista ni prohibición de nuestro idioma: aquí hay gente que va y viene, que trabaja, que busca, que se ilusiona, que sufre y padece, que se cae y se levanta, que ayuda y que es ayudado. Aquí simplemente hay vida, sinónimo de libertad y de responsabilidad, tan opuesta al colectivismo, al victimismo, a la segregación y a la polarización que es lo que se lleva ahora, como nos recuerdan los voceros desde sus púlpitos en las televisiones, públicas en demasiadas ocasiones, o desde los despachos ministeriales e incluso presidenciales. Y de voz en voz han llenado de peones el tablero, de peones legitimadores del sanchismo frente a una reina, y ¿quién quiere un peón cuando pueden tener a la reina?
Así lo ha querido Pedro Sánchez, un cuerpo a cuerpo, aunque él no juegue, pero se la juega. Gabilondo, el tranquilo Gabilondo, dicen algunos como si de un favor se tratara, susurra que no cambiará lo que funciona, dicho de otra forma, que no aplicará las políticas que desde el gobierno central se pacta entre socios, aliados, arrimados y voluntarios varios. Es como si soplara el aire, todos conocemos ya lo que importa la palabra.
Más Madrid y Podemos: yo te creo hermana e incluso hermano, que para eso tenemos moño. Agitan, asustan, la foto de Colón se hará carne, anuncian con cuatro años de retraso. Saben que lo que digan no importa, diseño publicitario, casi siempre demasiado grueso y basto, se trata de que se olvide lo que aquí está en juego: mantener la libertad o que el cazador narcisista duerma tranquilo, desde que aprendió a dormir con el comunismo populista, las pesadillas vienen de otro lado.
Todavía no ha empezado la campaña, nunca había sido más innecesaria. Esta vez no va de Madrid, va también de España.
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