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El Catalán Opinión

Madre Teresa de Calcuta

Por Pedro Miguel González Urbaneja
domingo, 10 de marzo de 2019
en Opinión
5 mins read
 

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En el Día Internacional de La Mujer queremos rendir homenaje a la figura humana excepcional de la misionera TERESA DE CALCUTA (1910-1997).

►«El que no vive para servir, no sirve para vivir».

►«La sonrisa es el principio del amor».

La Madre Teresa de Calcuta, nació en el seno de una familia católica albanesa. La profunda religiosidad de su madre estimuló su vocación de misionera a los doce años. Siendo adolescente, ingresó en la Congregación Mariana de las Hijas de María, donde inició su actividad de asistencia a los más necesitados. Conmovida por las crónicas de un misionero cristiano en Bengala, abandonó para siempre su ciudad natal y viajó a Dublín para profesar en la “Congregación de Nuestra Señora de Loreto”. Fiel a su vocación misionera embarcó hacia Bengala, donde cursó estudios de Magisterio. Apenas cumplidos los votos, Teresa marchó a Calcuta, la urbe con la que habría de identificar su persona y su vocación de entrega a los más necesitados. Durante casi veinte años ejerció como maestra en la St. Mary’s High School de Calcuta. Sin embargo, la profunda impresión que le causaba la miseria urbana que observaba día a día en las calles de la ciudad, la movió a solicitar a Pío XII la licencia para abandonar la orden, y entregarse por completo a la causa de los indigentes y menesterosos. Con energía y decisión en sus propósitos, Teresa de Calcuta articuló por entonces el que sería el principio fundamental de su mensaje y de su acción:

►«Quiero llevar el amor de Dios a los pobres más pobres; quiero demostrarles que Dios ama el mundo y ama a los pobres».

En 1948, poco después de proclamada la independencia de la India, obtuvo la autorización del Vaticano para dedicarse íntegramente al apostolado en favor de los pobres. Mientras estudiaba enfermería con las “Hermanas Misioneras Médicas de Patna”, Teresa de Calcuta abrió su primer centro de acogida de niños. En 1950 adopta la nacionalidad india y funda la “Congregación de las Misioneras de la Caridad”, cuyas integrantes debían agregar a los votos tradicionales el de dedicarse totalmente a los necesitados; y cuyo reconocimiento pleno encontraría numerosos obstáculos burocráticos por parte de la Iglesia, hasta que Pablo VI lo hiciera efectivo en 1965.

Mientras que la congregación abría centros en diversas ciudades del mundo, Teresa atendía a miles de desamparados y moribundos sin importarle a qué religión pertenecían:

►«Para nosotras no tiene la menor importancia la fe que profesan las personas a las que prestamos asistencia. Nuestro criterio de ayuda no son las creencias, sino la necesidad. Jamás permitimos que alguien se aleje de nosotras sin sentirse mejor y más feliz, pues hay en el mundo otra pobreza peor que la material: el desprecio que los marginados reciben de la sociedad, que es la más insoportable de las pobrezas».

La enorme reputación moral que la Madre Teresa de Calcuta supo acreditar con su labor en favor de «los pobres más pobres» llevó a la Santa Sede a designarla representante ante la “Conferencia Mundial de las Naciones Unidas” celebrada en México en 1975 con ocasión del “Año Internacional de la Mujer”, donde formuló su ideario basado en la acción por encima de las organizaciones. Cuatro años más tarde, en 1979, santificada no sólo por aquellos a quienes ayudaba sino también por gobiernos, instituciones internacionales e importantes personajes, recibió el Premio Nobel de la Paz.

Consciente del respeto que inspiraba, el papa Juan Pablo II la designó en 1982 para mediar en el conflicto del Líbano. También participó activamente en el debate sobre algunas otras de las cuestiones más cruciales de su tiempo, a las que no fue nunca ajena.

En 1986 la Madre Teresa recibió la visita de Juan Pablo II en la Nirmal Hidray o “Casa del Corazón Puro”, fundada por ella y más conocida en Calcuta como la “Casa del Moribundo”. En el curso de los años siguientes, aunque mantuvo su mismo dinamismo en la lucha para paliar el dolor ajeno, su salud comenzó a menguar y su corazón a debilitarse. En 1989 fue intervenida quirúrgicamente para implantarle un marcapasos, y en 1993, tras ser objeto de otras intervenciones, contrajo la malaria en Nueva Delhi, enfermedad que se complicó con sus dolencias cardíacas y pulmonares.

Posteriormente, tras superar varias crisis, la Madre Teresa cedió su puesto de superiora a sor Nirmala,  hindú convertida al cristianismo. Pocos días después de celebrar sus 87 años ingresó en la unidad de cuidados intensivos del asilo de Woodlands, en Calcuta, donde falleció. Miles de personas de todo el mundo se congregaron en la India para despedir a la “Santa de las Cloacas”.

Seis años después de su muerte, en octubre de 2003, y coincidiendo con la celebración del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, la Madre Teresa de Calcuta fue beatificada en una multitudinaria misa a la que acudieron fieles de todas partes del mundo. A finales de 2015, el Papa Francisco aprobó su canonización.

El domingo 4 de septiembre de 2016, el Papa Francisco celebró la ceremonia que elevó a los altares a la Madre Teresa, un ser humano excepcional, una heroína de nuestro tiempo, que sin embargo confesaba:

►«El trabajo que hacemos no tiene nada de heroico. Cualquiera que tenga la Gracia de Dios puede hacerlo».

Para la Madre Teresa de Calcuta, la Fe y la Gracia de Dios eran asistentes importantes en su fortaleza para ayudar a los desheredados, desamparados, excluidos, marginados, hambrientos, enfermos, desahuciados, moribundos,…, pero el criterio de ayuda (tanto del que la va a dar como del que la va a recibir) no son las creencias ni las ideologías, porque «el hambre, la desgracia y la enfermedad no entiende de ellas».

Cuando en 1997 falleció la Madre Teresa de Calcuta, la “Congregación de las Misioneras de la Caridad” contaba ya con más de quinientos centros en un centenar de países. Pero quizá la orden que fundó, cuyo objetivo es ayudar a «los más pobres de los pobres«, es sólo una parte importante de su legado; la otra parte importante fue erigirse en un ejemplo inspirador reciente, en la prueba palmaria y viva de cómo la generosidad, la abnegación y la entrega a los demás también tienen sentido en los tiempos modernos, y quizá más que nunca porque hoy, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, podemos estar puntualmente informados del desamparo, el hambre, la enfermedad, …, que padece un contingente importante de hermanos que habitan el planeta que compartimos.

Pedro Miguel González Urbaneja

Catedrático de Matemáticas

[campana]

 

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