
«El País Vasco ha demostrado hoy una vez más que es un referente a escala mundial en la lucha por los derechos, la solidaridad y la libertad de los pueblos. ¡Viva Palestina y viva el País Vasco liberado!» ha dicho Arnaldo Otegi, socio de Gobierno de Pedro Sánchez, después que radicales separatistas vascos reventaran el final de la etapa de la Vuelta Ciclista a España, que tenía su meta en Bilbao.
Y es que la Vuelta Ciclista a España vivió ayer uno de los episodios más bochornosos de su historia reciente. Un grupo de activistas propalestinos, cercanos al entorno de Bildu, irrumpió en los metros finales de la etapa, alterando por completo el desarrollo de la carrera y obligando a detener a los corredores. Lo que debía ser una fiesta del deporte se convirtió en un espectáculo de caos y desorganización.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo: pancartas desplegadas, corredores obligados a esquivar a manifestantes y una organización incapaz de garantizar la seguridad en una cita de primer nivel internacional. Todo ello bajo la responsabilidad directa del PNV y el PSOE, partidos que Gobiernan en las Vascongadas, que volvieron a mostrar una alarmante falta de control ante radicales perfectamente organizados.
El ataque no fue casual. Se trató de una acción coordinada por colectivos propalestinos con claros vínculos políticos con Bildu, formación que sostiene a Pedro Sánchez en el Congreso. Una vez más, el deporte se utilizó como escaparate para reivindicaciones políticas, poniendo en riesgo la integridad de ciclistas y espectadores.
El papel del PNV y el PSOE quedó en entredicho. Conocidos por su capacidad de movilizar un amplio despliegue policial en otro tipo de eventos, los nacionalistas y los socialistas vascos se vieron superados por una veintena de encapuchados que irrumpieron en pleno recorrido. La falta de previsión y de reacción generó indignación entre organizadores, aficionados y los propios equipos ciclistas.
Pedro Sánchez tampoco sale bien parado. El clima de permisividad hacia ciertos radicalismos se ha convertido en un caldo de cultivo para incidentes como el vivido en Bilbao. La Vuelta Ciclista es uno de los grandes escaparates del deporte español, seguido por millones de aficionados en todo el mundo. Convertir su llegada en una plataforma de agitación política no solo daña la competición, sino que proyecta una imagen de inseguridad y descontrol que puede poner en riesgo futuras ediciones.
Los activistas, lejos de ser meros manifestantes espontáneos, demostraron un grado de preparación preocupante. Sabían dónde y cuándo actuar, y lo hicieron con la tranquilidad que da saberse amparados por un entorno político que lleva años blanqueando este tipo de protestas radicales. Ni el Gobierno ni el Ejecutivo autonómico vasco parecen dispuestos a asumir responsabilidades.
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