El relato del independentismo catalán intenta desesperadamente resucitar ante una ciudadanía exhausta y desencantada. En un nuevo ejercicio de retórica sin autocrítica, sus dirigentes pretenden transformar la deriva de los últimos años en una valiosa lección estratégica. Sin embargo, la realidad de los hechos se impone tozudamente sobre los intentos de edulcorar el balance del Procés.
Durante una intervención en la Universitat Catalana d’Estiu, la expresidenta del Parlament y condenada por corrupción Laura Borràs (Junts) instó a las fuerzas separatistas a superar el discurso del resentimiento mutuo. Borràs admitió que el movimiento ha gastado excesivas energías en señalar a presuntos traidores e ingenuos tras el colapso institucional. Para la dirigente secesionista, ha llegado el momento de enterrar el ajuste de cuentas interno y convertir los tropiezos en un nuevo impulso político.
El intento de apartar a Cataluña del espejo de la frustración tropieza directamente con el principio de responsabilidad. Rechazar la condición de movimiento derrotado no borra la parálisis social y económica en la que la aventura unilateral sumió a la comunidad. La pretensión de convertir los errores en aprendizaje obvia que los costes de ese experimento los han pagado íntegramente el conjunto de los ciudadanos.
Fiel a la estrategia de victimización de la clase política soberanista, Borràs volvió a equiparar sus problemas con la justicia y la condena por sus delitos a una persecución ideológica. La exdirigente instrumentalizó de nuevo su situación personal para proyectar la imagen de una represión generalizada contra el movimiento. Cabe recordar que sus responsabilidades penales derivan de irregularidades administrativas en la adjudicación de contratos públicos durante su etapa al frente de la Institució de les Lletres Catalanes.
La resistencia de las élites independentistas a asumir las resoluciones judiciales refleja una desconexión estructural con el Estado de derecho. La negativa a mostrar arrepentimiento ante los tribunales se vende ahora como una muestra de firmeza y dignidad política. Esta insistencia en el choque institucional constante confirma que las facciones más radicales prefieren encastillarse en el dogma antes que admitir el fracaso definitivo de su hoja de ruta.
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