
Muchas escuelas catalanas, como este instituto en El Vendrell (Tarragona) presentan en sus fachadas lemas separatistas que incitan a evitar el uso del castellano, la lengua más hablada por los catalanes. Las fotos son del 26 de julio de este año. Entre estas consignas excluyentes destaca el «Ara i sempre l’escola en català» [Ahora y siempre la escuela en catalán] de la plataforma secesionista Somescola, formada por entidades como la ANC, Òmnium Cultural, CC.OO, UGT o la asociación universitaria que acosa a estudiantes constitucionalistas, el Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans. En este álbum digital de Eduardo González Palomar encontrarán miles de fotos sacadas durante el procés de consignas separatistas en escuelas catalanas.
La plataforma Somescola, que se presenta como defensora de la escuela en catalán, ha consolidado en los últimos años una estrategia que va mucho más allá del ámbito educativo. Bajo el mencionado lema “Ara i sempre l’escola en català”, esconde un proyecto ideológico claramente alineado con el separatismo catalán, que utiliza el sistema educativo como campo de batalla para imponer una visión monolingüe y excluyente de la sociedad catalana. Su objetivo no es mejorar la educación, sino utilizarla como instrumento de lo que ellos llaman «construcción nacional».
Lejos de defender una educación de calidad y plural, Somescola apuesta por un modelo uniforme donde el catalán no es una lengua vehicular entre otras, sino la única aceptable. Esta visión ignora la realidad lingüística de cientos de miles de alumnos castellanohablantes en Cataluña, cuyos derechos son sistemáticamente marginados en nombre de una supuesta cohesión social. El mensaje es claro: quien no se adapta, sobra.
Somescola ha sido uno de los principales altavoces de una doctrina que identifica el uso del castellano en el aula con una amenaza para la identidad catalana. Esta mentalidad ha llevado a una persecución abierta de cualquier iniciativa que busque introducir un equilibrio lingüístico razonable en las escuelas. Han tildado de “ataque” lo que en realidad son simples propuestas de convivencia entre dos lenguas oficiales, y han contribuido a generar un clima de hostilidad contra docentes y familias que discrepan.
Resulta especialmente preocupante que Somescola cuente con el respaldo explícito de la Generalitat y de entidades subvencionadas que comparten la misma agenda nacionalista. Lejos de fomentar un debate pedagógico abierto, han establecido un dogma incuestionable: el catalán debe dominar todos los espacios educativos, desde infantil hasta la universidad, sin excepciones y sin matices. El pluralismo lingüístico, un valor europeo, aquí se interpreta como una amenaza.
Las manifestaciones y campañas de Somescola están cargadas de retórica emocional y victimista, donde se mezclan conceptos como “lengua amenazada” o “ataque del Estado español”, sin base objetiva. Lo que en realidad se defiende no es la lengua catalana, que goza de una salud sólida en el ámbito educativo, sino un proyecto de ingeniería social. Se trata de crear generaciones formadas únicamente en una narrativa identitaria, sin espacio para el pensamiento crítico o la diversidad.
Padres y madres que simplemente desean que sus hijos estudien en un entorno bilingüe y equilibrado son tratados como enemigos. Las decisiones judiciales que reconocen el derecho al castellano como lengua también vehicular son desobedecidas o ridiculizadas por la propia plataforma. El respeto por el marco legal desaparece cuando choca con los dogmas de Somescola, lo cual sitúa a esta organización fuera del consenso democrático.
La educación en Cataluña necesita soluciones reales, no consignas ideológicas. El fracaso escolar, la falta de recursos o la desigualdad entre centros son problemas mucho más urgentes que la batalla simbólica por una lengua que, lejos de estar en peligro, es dominante en todos los ámbitos escolares. Sin embargo, Somescola prefiere alimentar el conflicto en lugar de contribuir a resolver los problemas de fondo del sistema educativo catalán.
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