Durante más de siglo y medio, La Vanguardia ha sido uno de los principales referentes informativos de Cataluña y de España en general. Fundado en 1881, el diario ha sabido mantenerse como un actor central en el panorama mediático, adaptándose —o plegándose— a los tiempos. Esa capacidad de supervivencia ha sido, en buena parte, fruto de una habilidad constante para acomodarse al poder político de turno. No como una casualidad, sino como una estrategia editorial cuidadosamente calculada.
Bajo la dictadura de Primo de Rivera, La Vanguardia actuó como una caja de resonancia del régimen, minimizando las críticas y exaltando los logros del dictador. Durante la Guerra Civil, se alineó primero con la legalidad republicana, pero tras la entrada de las tropas franquistas en Barcelona en 1939, no tardó en virar su línea editorial hacia el nuevo régimen. El propio nombre del periódico —“Española”— fue añadido durante décadas por imposición del franquismo, sin que desde la dirección se opusieran.
Con la llegada de la democracia, el diario del Grupo Godó volvió a virar, esta vez hacia el centrismo liberal que representaban figuras como Adolfo Suárez. Posteriormente, con la consolidación del pujolismo, La Vanguardia encontró en CiU a un aliado natural, manteniendo durante años una línea editorial que evitaba las críticas duras al poder catalán mientras sí las dirigía a sus adversarios. Siempre elegante, siempre desde una aparente objetividad, el diario supo jugar el difícil papel de prensa del establishment catalán.
Sin embargo, el caso más flagrante de alineamiento reciente ha sido su relación con el PSOE de Pedro Sánchez y, en particular, con el PSC de Salvador Illa. Desde hace algunos años, La Vanguardia ha virado claramente hacia una narrativa complaciente con el discurso socialista. Las portadas, las editoriales y las columnas de opinión muestran una afinidad creciente con las posiciones del Gobierno central, en muchos casos minimizando sus errores o desviando la atención hacia polémicas secundarias que afectan a la oposición.
La transición hacia este alineamiento no ha sido abrupta, sino progresiva. Con la caída de la antigua hegemonía convergente y el retroceso del separatismo tras el 1-O, La Vanguardia encontró en el PSC un nuevo referente de poder institucional. Salvador Illa, actual líder del socialismo catalán, goza de una cobertura inusualmente benévola en el diario, que a menudo evita cuestionar sus ambigüedades programáticas o su dependencia de la Moncloa.
Cuando un periódico del peso de La Vanguardia actúa como altavoz del gobierno de turno, se empobrece el debate democrático y se distorsiona la realidad informativa. El lector se convierte en consumidor pasivo de un relato único, cuidadosamente editado, sin espacio para la pluralidad ni la crítica honesta. En lugar de ejercer su papel como centinela del poder, La Vanguardia ha elegido —una vez más— ser su portavoz. Lo ha hecho en dictadura y en democracia, con Franco, con Pujol, con Rajoy y ahora con Sánchez. La historia se repite.
NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí).
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















