El crecimiento de Aliança Catalana en el tablero político catalán no se entiende únicamente por la expansión territorial del partido de Silvia Orriols. Cada vez son más las voces que apuntan a un factor externo clave: la promoción que está recibiendo desde medios de comunicación próximos al PSC, lo que estaría reforzando el papel de Salvador Illa como garante de la estabilidad política frente a lo que se presenta como un auge de los extremismos.
El eco mediático de Orriols en medios como RAC1 – entrevista en el programa más oído de Cataluña, el de Jordi Bastè -, La Vanguardia – la encuesta que le daban 19 escaños más los análisis recurrentes de figuras como Iván Redondo o Lola García – o El País no ha pasado desapercibido, como la doble página el pasado domingo – el día que más se lee – del diario de PRISA que abría la seccíon de Política. En cuestión de meses, su figura ha pasado de ser relativamente marginal a ocupar portadas, entrevistas y análisis recurrentes. Todo ello genera un efecto de altavoz que multiplica la notoriedad del partido y lo convierte en un actor central del debate catalán.
La jugada es clara para el PSC: cuanto más fuerte aparezca Aliança Catalana en el bloque separatista y VOX en el constitucionalista, más necesario se percibe a Salvador Illa como el centro estable capaz de articular mayorías y gobernabilidad. Es una cortina de humo, pero que los socialistas creen que les puede funcionar y, de paso, les aleja de los casos de corrupción que afectan a Pedro Sánchez y al PSOE, y que han comenzado a tocar al PSC.
Un ejemplo llamativo ha sido la encuesta publicada hace unos días por La Vanguardia, que otorgaba hasta 19 escaños a Aliança Catalana. El sondeo sorprendió a propios y extraños no solo por la magnitud del crecimiento proyectado, sino por la enorme repercusión mediática que se le dio. La sensación fue la de crear una “emergencia política” alrededor de Orriols, presentando su ascenso como inminente y reforzando, de forma indirecta, la narrativa de Illa como freno a ese escenario.
La operación no parece improvisada. Al situar a Orriols en el foco mediático, el PSC logra agitar tanto al soberanismo como al constitucionalismo, pero sin desgastarse. Illa busca aparecer como el rostro de la centralidad, capaz de pactar a derecha e izquierda, mientras observa cómo sus rivales se enzarzan en debates sobre hasta qué punto colaborar o no con Aliança Catalana en los municipios.
Los socialistas catalanes creen que este marco le beneficia y pone en segundo plano su desastrosa política en seguridad ciudadana, sanidad y educación. El PSC piensa que el votante moderado, inquieto ante la idea de que formaciones consideradas extremas pudieran condicionar gobiernos, encontraría en Illa la opción de mayor seguridad y previsibilidad.
El líder del PSC juega con esa dualidad: necesita que Aliança Catalana tenga visibilidad suficiente para generar preocupación, pero no tanta como para poner en peligro su dominio electoral. En definitiva, el escenario catalán se está configurando en torno a una dinámica en la que el PSC se presenta como el muro de contención frente a los extremos. El protagonismo que los medios otorgan a Orriols y a su partido no puede entenderse sin la estrategia de Salvador Illa de aparecer como árbitro indispensable en una Cataluña polarizada.
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