Nuestros cinco sentidos nos ofrecen una percepción constante e inmediata del mundo exterior, y gracias a ellos sobrevivimos en nuestro espacio físico. Para diferenciarnos de los animales, esta capacidad sensorial se complementa con nuestro entendimiento o raciocinio, por el que ya no es la vista, el oído, el olor, el tacto o el gusto los que nos informan, sino que es la mente racional la que nos hace sobrevivir, ya no en el entorno real sino en el entorno social.
Mientras la sensación es el resultado de la activación de los receptores sensoriales del organismo, la sensación deductiva es aquella conclusión que establece el individuo después de analizar sensorialmente su entorno: «si está nublado y aprecio humedad en el ambiente, creo que va a llover», «si el Barça está desplegando un gran juego, creo que ganará la Liga», «si hay cola en este restaurante, se comerá bien y a buen precio».
En política ocurre algo similar cuando por motivos difíciles de explicar, se apodera de la población la sensación de que un determinado partido va a subir electoralmente, u otro va a sacar malos resultados. El ciudadano por la información que recibe, puede concluir que determinado partido político va a solucionar unos problemas determinados que le afectan en su vida diaria, o que le inspiran confianza sus dirigentes, o que van a realizar las reformas necesarias. A partir de esta «sensación» común y compartida socialmente, el individuo «deduce» que va a votar a ese partido que prevé ganador. Evidentemente las encuestas refuerzan esa sensación, pero la misma sensación generalizada en gran parte de la población, es previa a las encuestas, por lo que se puede afirmar que las encuestas preelectorales son un producto de la sensación social.
Por ejemplo después de los atentados del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid, se apoderó de gran parte del electorado la sensación que no había que votar al Partido Popular, por las supuestas mentiras que estaban difundiendo sus portavoces, y por ejemplo en la actualidad después de la victoria electoral de Giorgia Meloni en Italia, de Javier Milei en Argentina, de Marine Le Pen en Francia y especialmente de Donald Trump en los Estados Unidos, se refuerza esta sensación de que los partidos de la nueva derecha van a gobernar en muchos países, y por qué no en España.
Los estrategas electorales y demoscópicos de los partidos políticos, poco pueden hacer frente a esta sensación deductiva que se apodera de los ciudadanos. Así por ejemplo si existe la sensación de que no hay que votar a Ciudadanos, este partido puede gastarse cantidades ingentes de dinero en su campaña electoral, y conseguirá pésimos resultados. Por contra, si existe la sensación de que VOX o Alianza Catalana van a subir en las próximas elecciones, estos partidos no necesitarán desarrollar un gran esfuerzo en su campaña electoral para sacar unos buenos resultados, aunque siempre se podrá decir que si realizan ese esfuerzo, los resultados serán todavía mejores. De hecho en la historia electoral de España, ha habido en otros partidos, excelentes campañas electorales pero con malos resultados, y malas campañas electorales con buenos resultados. Por lo tanto se puede afirmar que frente a la «sensación deductiva» generalizada de los votantes, de poco sirven las banderolas en farolas, las pancartas, el buzoneo, los carteles electorales, las carpas informativas, los debates televisivos o los mítines de campaña.
Existe una larga tradición en sicología sobre el estudio de la percepción, estableciendo que la captación de sensaciones es relativamente simple y muy rápida, porque constantemente estamos procesando mucha información sensorial que nos ofrecen los medios de difusión social como la radio, la televisión, internet, y también las conversaciones con otras personas. Por medio de estas percepciones el individuo incurre en procesos cognitivos, emocionales, interpretativos y evaluativos asociados a estas sensaciones, extrayendo conclusiones que se refuerzan día tras día, mes tras mes, año tras año, hasta que el sujeto acude al colegio electoral a depositar su voto. Por ello llegamos a la conclusión de que los llamados «indecisos» en las encuestas, es una auténtica falacia, porque casi todos los encuestados saben perfectamente lo que van a votar, y simplemente al no decirlo al encuestador, éste los considera indecisos.
Si paseamos por un bosque vemos un conjunto de árboles, de los que unos nos parecen más bonitos y otros más feos, según la forma de su tronco, de sus ramas y de sus hojas. Unos dan fruto y otros no. Pero el resultado no es la simple suma de todas estas sensaciones, porque lo que percibimos es que estamos en un bosque, pero siempre nos decantaremos por un árbol u otro, sobre todo por su belleza y los frutos que nos pueda ofrecer.
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