La política y la coherencia

Vergüenza ajena siente uno que, ante una persona que tiene detrás una historia de lucha sindical y democrática, unos diputados y diputadas (por aquello del sexismo del lenguaje) recién llegados que aún no se ha quitado el pañal de las ideas preconcebidas le llamaran “esquirol”.

Coscubiela aseguró que “estoy aquí porque mis padres me enseñaron a luchar por mis derechos. No quiero que mi hijo Daniel viva en un país donde la mayoría pueda tapar los derechos de los que no piensan como ella”. Y lo dijo después de años y años en un sindicato, luchando por los derechos de todos los trabajadores.

Él, en estos momentos, ha dado una lección de dignidad no cayendo en las fáciles garras de las emociones sectarias e indignantes de los complejos de superioridad de los que afirman que quien no piensa como ellos debe ser destruido.

Esta persona con ese currículo ha tenido que aguantar las mofas y caricaturas de unos cachorros de políticos a los que aún no les han salido los dientes de la política con mayúscula, de algunos comentaristas de redes venales y vendidos, que ganan miles de euros al mes solo por decir “sí bwana”. Da la impresión que es epidemia política de actualidad, si no que se lo pregunte a Serrat.

Esta persona mantiene la dignidad del cargo que le han dado con su voto personas que pagan impuestos. De ellos sale el sueldo de estos políticos que se creen que están descubriendo el nuevo mundo de la revolución anarcomarxistaleninista y maostetuniana, con incrustaciones de un nacionalismo capaz de fundar “el Quinto Reich”. Estos bisoños alevines de líderes revolucionarios le amonestan y le crucifican por defender los derechos inalienables de un diputado en un parlamento que afirma está liberando a su pueblo de la opresión y la subyugación que está sufriendo (¿con estas actitudes nos van a gobernar?)

Estos pipiolos políticos deben leer el último libro del maestro Giovanni Sartori, “La carrera hacia ningún lugar”. Sobre todo el capítulo 2, son 25 páginas que trata de “revoluciones verdaderas y revoluciones falsas”. Quizás ahí se darán cuenta de las verdades dichas por el diputado Coscubiela y la ignominia de los actos que ellos le han hecho.

Cuesta entender que haya personas en esta sociedad catalana, que se decía y se cree el crisol del sentido común, que buscan una república como el Shangri-La de horizontes perdidos. ¿A dónde está aquello del “seny”?

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