Cuando vertemos nuestra opinión sobre un asunto, debemos de distinguir entre las cuestiones panorámicas, de las cuestiones específicas. Evidentemente nadie se atreve a opinar sobre una cuestión específica, como pueden ser los periodos de reproducción de las golondrinas en los montes Urales. Sin embargo cuando se trata de una cuestión panorámica, como unas Elecciones Generales, todo el mundo opina al respecto, haciéndolo además con una contundencia y seguridad que a veces no deja de sorprender.
Una cantinela que siempre aparece en periodos electorales, cuando emergen nuevos partidos políticos, que amenazan la hegemonía de los partidos que se han alternado en el poder durante los últimos cuarenta años, es la consabida retahíla del voto útil. Desde luego bajo esa premisa, los nuevos partidos políticos que aportan nuevas ideas en sus programas, y que libres de corrupción pretenden introducir las reformas necesaria que reclama la política española, encuentran una dificultad para introducir a sus candidatos en las instituciones, por la cuestión del voto útil.
Para el votante que realmente cree en la utilidad de su voto, éste sería realmente útil para decantar hacia un lado u otro el escrutinio, si su voto tuviera un valor de seis cifras, o sea de cien mil votos por persona, pero todos sabemos que no es el caso porque nuestro voto tiene el valor de 1. Explicado de otra forma, esto viene a decir que si al introducir nuestro voto en una urna, en vez de equivaler a un solo voto, equivaliese a cien mil votos como mínimo, ese elector si que tendría un poder determinante a la hora de decantar su voto a un partido u a otro, en base a sus particulares convicciones sobre lo que él considera lo que es el voto útil. Además tenemos que valorar el hecho de que las opiniones individuales sobre lo que se considera voto útil, no tienen porque ser necesariamente coincidentes, porque lo que uno piensa que supone un voto útil, a veces no coincide con lo que piensa otra persona.
Otra cuestión que tenemos que someter a valoración, es el hecho de que el voto útil está sometido a mutabilidad, porque el partido político beneficiado por el voto útil, si los resultados electorales le resultan desfavorables, puede convertirse de la noche a la mañana en un partido susceptible de no ser votado, porque ha sido visiblemente derrotado en las Elecciones.
Dicho todo lo anterior, posiblemente el argumento que nos induce a descartar definitivamente el voto útil, es que bajo esa premisa conservadora y continuísta, en España o en cualquier otro país del mundo, siempre gobernarían los dos únicos partidos que se alternarían en el poder indefinidamente, y esta realidad política nos ha demostrado por la historia, que es un caldo de cultivo extraordinario no solo para la corrupción, sino lo que es todavía mucho más grave, la degradación del sistema democrático.
Es precisamente el sistema democrático, el que nos ofrece la grandeza de ser los propios ciudadanos los que tenemos la capacidad de cambiar a nuestros gobernantes cada cuatro años. De hecho es lo único que el sistema permite a los ciudadanos ser decisivos en la toma de decisiones, y por ello el voto útil es el voto de la cobardía, y de la persona que no se siente capaz de aportar nada nuevo a su propia comunidad, porque él mismo automutila su capacidad de decisión.
Frecuentemente durante nuestra vida tenemos que tomar decisiones, en las que nuestro pensamiento no coincide con los dictados de nuestros sentimientos. Cuando nos encontramos en esas tesituras, yo siempre recuerdo la frase del gran filósofo Blaise Pascal, cuando dijo que el corazón tiene razones que la razón no comprende.
Si amas a España tu corazón nunca se equivoca.
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