Entrevista a Emilia Landaluce: “El nacionalismo es un ataque frontal a la convivencia”

Emilia Landaluce
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El grito más coreado en la manifestación del 8 de octubre de 2017 en Barcelona, “No somos fachas, somos españoles”, es el título que ha escogido la escritora Emilia Landaluce (Madrid, 1981) para su último libro. En sus páginas, la columnista de El Mundo da cuenta de las razones que llevaron a un millón de catalanes a salir del armario constitucional y protestar ante lo consideraban un ataque a sus derechos de ciudadanía.

En el libro alaba el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. ¿Qué lo hizo tan determinante?

Pues precisamente que en su discurso Felipe VI hizo lo más republicano que se puede hacer. Decir que nadie podía saltarse la legalidad ni estar por encima de las leyes. En cualquier caso, el discurso también fue un punto de inflexión. Tras los titulares fake de los 800 heridos en el referéndum fake y la jornada de huelga general fake —en realidad solo fue secundada por los radicales y esos padres a los que se les permite cortar la autopista con bebés—, los españoles estaban deprimidos. Rajoy no se había pronunciado con contundencia y una parte importante de la izquierda avalaba las tesis nacionalistas. El Rey supo inyectar una dosis de optimismo en su discurso. En resumen: que esta España merecía la pena.

A partir de ahí, la mitad no nacionalista de Cataluña empezó a perder el miedo a manifestarse. Supieron que el Estado y los españoles estaban con ellos. Felipe VI fue fundamental para que la manifestación del 8 de octubre tuviera éxito.

Por el contrario, se muestra muy crítica con la idea de una España plurinacional. ¿Por qué razón?

La idea contemporánea de nación suele implicar soberanía.  ¿Y cómo conviven entonces diferentes naciones en un mismo estado? ¿Cuántas naciones habría en España de admitir la tesis plurinacional? ¿Sería Andalucía nación? ¿Y Asturias? ¿Y Cataluña? Cataluña también sería una nación de naciones. Hasta lo reconoce Pablo Iglesias…

Al igual que en el reciente ensayo La España de Abel, su libro ofrece una visión positiva de nuestro país. ¿No estamos tan mal cómo pensamos?

Al contrario. Estamos mejor que hace dos años. A principios de 2017 —antes de que se pusiera en marcha la última parte del procés—, los españoles se sentían más indiferentes ante las negociaciones entre los nacionalistas y el Gobierno central. Ahora, tras el golpe, la huida de Puigdemont, la evidencia del supremacismo nacionalista… cualquier cesión del Gobierno está considerada como un golpe a la  igualdad entre españoles. ¿Se acuerda de cómo cayó Rajoy en intención de voto cuándo se anunció el apoyo del PNV para sus presupuestos a cambio de ser “más generoso”, utilizando la terminología mediática de aquellos días, con el cupo vasco?

Por otro lado, el 70% de los españoles asume que no se pueden ceder más competencias a las autonomías. No hay que olvidar que ese estado de bienestar del que nos vanagloriamos, lo bien que vivimos, nuestros índices de felicidad —la realidad es que en España hay menos suicidios que en ninguno de esos países nórdicos que tanto admiramos— están garantizados por la Constitución que el nacionalismo pretende destruir. Y de eso nos hemos dado cuenta.

Mientras el presidente de la Generalitat, Quim Torra, llamó “bestias taradas” a los castellanoparlantes, la consellera de Cultura, Laura Borràs, aseguró que el periodista Josep Pedrerol “no era catalán, sino un español nacido en Cataluña”. ¿Es el nacionalismo inseparable del supremacismo?

Siempre. El nacionalismo es un ataque frontal a la convivencia. Uno no es racista con la gente de Camerún sino con los que tiene al lado, en este caso los no nacionalistas. ¿Acaso no ha visto a esos tíos desinfectando el suelo por el que pisa Inés Arrimadas? Como si los catalanes no nacionalistas fueran insectos. Y eso se hace al amparo de la Generalitat. Por otro lado, mediáticamente se ha tratado de ignorar a la mitad de Cataluña y al resto de España. Y si eso no es racismo…

¿Y por qué muchos siguen sin advertir el carácter reaccionario de parte del separatismo catalán?

Porque esa alianza letal entre la superioridad moral de la izquierdas y el supremacismo nacionalista se ha decantado por el relato —una palabra detestable— nacionalista. Es extraño, pero a esa parte de la izquierda que hace de menos a la bandera española no le importa la estelada o la ikurriña, que, al contrario de la bandera constitucional, son banderas excluyentes. Lo sorprendente es que la misma izquierda tampoco se escandaliza cuando los nacionalistas hablan de los Països Catalans. O posan bajo sus mapas como si fuera el espacio vital de la supuesta nación catalana… Es nacionalismo, racismo, colonialismo… No tiene otro nombre. Es inaceptable.

Por otra parte, esta semana Quim Torra ha vuelto a asegurar que la convivencia en Cataluña no se ha visto perjudicada por el procés. ¿Debemos creerle?

¿Eso dice? No he visto a nadie desinfectando al paso de Torra. Ni llamándole guarra. O fascista… Nadie impide a los nacionalistas hablar en universidades. O hacen pintadas en las tiendas de sus familiares como en el caso de la de los padres de Albert Rivera.

Recientemente, la ministra de Educación, Isabel Celaá, ha defendido de nuevo la inmersión lingüística en Cataluña, comparándola con enviar a los hijos a estudiar al extranjero. ¿Es un símil razonable?

Asumir que mandar a tus hijos a Barcelona es como mandarlos internos al extranjero es asumir que Cataluña es el extranjero y que es imposible la cooficialidad del español. Lo deseable sería que los niños tuvieran que estudiar en la lengua que más les convenga dentro de la cooficialidad. El verdadero problema es la desigualdad respecto a otras comunidades autónomas. Que un funcionario esté premiado por saber catalán cuando el español es la lengua del 55% de los catalanes es muy injusto. O que un médico de Andalucía tenga más difícil opositar en Barcelona. Pero claro, eso también pasa en otras comunidades de España. No solo en Cataluña.

La candidata del PP en Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo, se ha mostrado partidaria de cerrar TV3 argumentando que “o es de todos o no es de nadie”. ¿Sería una decisión acertada?

Lo más interesante que dijo mi amiga Cayetana Álvarez de Toledo en TV3 fue que es una televisión residual. Y tiene razón. Lo más gracioso de todo es que cuando ves los índices de audiencia, Telecinco —con la Pantoja pronto en todo su esplendor— tiene unas audiencias magníficas en Cataluña. Y el término más buscado en Pornhub es spanish —como por otro lado, en País Vasco—. Eso dice algo de los intereses de los catalanes. La pregunta más bien es por qué TV3 puede permitirse entonces ser residual en lugar de tratar de representar los intereses de todos los catalanes en lugar de representar solo al nacionalismo. Y la respuesta es evidente: está subvencionada y no tiene necesidad de competir por las grandes audiencias para ser rentable. Y eso hace que cualquier periodista que quiera quedarse en Cataluña tenga que cultivar el nacionalismo. Simplemente, tienes más posibilidades de medrar.

¿Cómo se entiende que, tras la crisis constitucional vivida en Cataluña, el PSOE apenas mencione a esta comunidad en su programa?

El PSOE viene muy condicionado por el relator, la mesa de partidos y por la previsible minoría de las izquierdas —con la consecuente necesidad de pactar con los nacionalistas— en las próximas elecciones. Es decir: todo lo que diga de Cataluña en un sentido molestará a su votante constitucionalista —la mayoría— y en sentido opuesto, desagradará a sus futuros socios. Por otro lado, Cataluña ya le pasó factura en Andalucía. Su pérdida fue una patada al pacto de Pedro Sánchez con los nacionalistas en el culo de Susana Díaz.

Periodistas como Antonio Caño o políticos como Manuel Valls han defendido una alianza entre PSOE, PP y Ciudadanos como única vía para hacer frente a los extremismos de todo signo. ¿Vería con buenos ojos dicha alianza?

Claro. En realidad, lo normal es que el constitucionalismo se uniese para afrontar el desafío nacionalista, que es lo más grave porque amenaza la legalidad que, de momento, es lo que garantiza nuestra convivencia, nivel de vida, etcétera. Una vez solucionado —y se tardará— ya discutiremos de los impuestos.

Por Óscar Benítez


'El complot de los desnortados' es una visión valiente y sincera de los últimos años de proceso secesionista. El autor, el ex diputado del PSC Joan Ferran, revela cómo apostó por un frente constitucionalista con Cs, y como la postura de Rivera de competir con el PP le decepcionó. En estas páginas critica la deriva nacionalista de algunos sindicalistas y 'progresistas' diversos y relata aspectos de la intrahistoria de los socialistas catalanes. Lo puede comprar en este enlace de Amazon o en este de Iberlibro. Si lo compra mandando un correo a edicioneshildy@gmail.com y paga por transferencia bancaria o paypal también le mandaremos un ejemplar del libro 'Desde la aspillera', del mismo autor (PVP total: 18 euros).

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