El separatismo de extrema izquierda vuelve a utilizar la Diada del 11 de septiembre como un escaparate de agitación ideológica. Lejos de buscar puntos de encuentro para todos los catalanes, la agenda radical se centra este año en sus propias batallas internas. La preocupación principal ya no es la gestión de los servicios públicos, sino impedir el avance de sus competidores en el ámbito nacionalista.
Organizaciones como la CUP, el sindicato COS y los colectivos juveniles SEPC y Arran han escenificado su hoja de ruta para la jornada. El objetivo prioritario consiste en frenar la ascendencia de Aliança Catalana en el electorado independentista. Para ello, los socios de la izquierda anticapitalista han convocado una serie de actos con los que pretenden monopolizar el discurso sobre la identidad.
El secretario general de la formación cupaire, Non Casadevall, ha liderado las advertencias contra la formación rival. Según el dirigente, no van a ceder el concepto de catalanidad ni un solo espacio de la esfera pública. Su formación califica el mensaje del grupo derechista de herramienta de división, respondiendo con la retórica habitual sobre un país diverso y anticapitalista.
Esta estrategia evidencia cómo el movimiento radical mezcla la causa secesionista con postulados de lucha de clases. Para la CUP, la identidad regional solo es válida si se supedita a su marco de dogmas sociales y de izquierda. El debate real sobre los problemas cotidianos de los ciudadanos queda arrinconado tras consignas identitarias y maximalistas.
En las intervenciones de la rueda de prensa, los portavoces han insistido en combatir lo que denominan formas de españolización. Sin embargo, el pánico de estas siglas ante la irrupción de nuevas opciones patrióticas demuestra la fragmentación del separatismo. La izquierda más escorada teme perder la hegemonía del relato que ostentó durante la última década.
Desde el ámbito sindical y estudiantil, los mensajes han mantenido la misma línea de movilización en las calles. Portavoces de COS y SEPC insisten en vincular la historia catalana con el conflicto social del presente. Se apela de nuevo a la agitación en las aulas y centros de trabajo como la única fórmula para imponer su modelo sociopolítico.
Las convocatorias anunciadas se extenderán por varios puntos de la geografía catalana de forma descentralizada. Habrá concentraciones en Lleida, Girona y Reus a lo largo del día institucional. Barcelona acogerá las manifestaciones más concurridas por la tarde, además del tradicional homenaje matutino a Gustau Muñoz.
El choque directo se escenificará ya desde la víspera de la fiesta con una marcha de protesta el 10 de septiembre. La izquierda radical ha convocado una concentración en el Fossar de les Moreres para boicotear el acto anunciado por Aliança Catalana. Se busca evitar activamente que la formación conservadora ocupe un enclave de elevado simbolismo histórico.
Esta pretensión de vetar la presencia de rivales políticos en el espacio público refleja una escasa cultura democrática. La fijación por fiscalizar quién tiene derecho a manifestarse en la calle desvela la deriva sectaria de estas organizaciones. En lugar de confrontar ideas con argumentos, se opta por el señalamiento y el intento de silenciamiento del discrepante.
La Diada vuelve a quedar desvirtuada por las luchas partidistas y la radicalización de la izquierda separatista. El panorama político catalán asiste a una disputa encarnizada por el control de la bandera ideológica. Mientras los problemas reales de Cataluña se acumulan, la CUP y sus satélites prefieren atrincherarse en el señalamiento al disidente.
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