La izquierda, ante su abismo

El somero equilibrio que practican Pedro Sánchez y su vice in pectore Pablo Iglesias, planteando unos presupuestos más progresistas, con una muy alta probabilidad de que finalmente no sean aprobados (dado que el chantaje nacionalista alcanza cotas que pondrían al límite el Estado de derecho), hace dudar de la bondad de su propuesta.

El vice aprovecha para pasearse por los virreinatos, ofreciendo a los caudillos su intermediación con el poder de la pérfida España, y el presi se ofende por unas palabrillas de nada –a tenor de lo que se oye en el hemiciclo– que dejan al borde del llanto al líder de la derecha española.

Parece que asistimos a una nueva sesión teatral de la que saldremos con unos presupuestos prorrogados. Esos que elaboró el PP y que ya parecen servir, a tenor de lo que el Gobierno dice, para hacer las políticas sociales del PSOE. La realidad es que entre los presupuestos de los peperos y los psoeros no hay tantas diferencias. Ambos respetan lo que diga la Comisión Europea; para eso hicieron juntos la reforma del 135 de la Constitución.

La cosa es que, con los presupuestos prorrogados, se podrá subir igualmente el salario mínimo interprofesional, financiar la educación de 0 a 3 años, actualizar las pensiones con el IPC, eliminar el impuesto al sol, gravar a las grandes fortunas, etc. etc. etc. Porque todo eso se podrá hacer desde otras leyes que no sean las de los Presupuestos Generales del Estado, o desde decretos leyes…

Entonces, uno se pregunta ¿A que estamos jugando?

Parece que la cuestión es cambiar los cromos de apoyo al gobierno a cambio de los cromos de no tocar el poder de los nacionalismos catalán o vasco. Es un juego tan viejo que cansa. Sobre todo, porque los que salen ganando siempre son los mismos: los nacionalismos (léase oligarquías patrias, catalana, vasca o castellana… españolas, vamos). Y los que salen perdiendo, también: los currantitos, los ciudadanos de a pie. En Cataluña se les llama charnegos.

Todo es ir preparando el terreno para unas condenas suaves a los “políticos presos” –lo que facilitaría un posible indulto posterior–, un dejarles seguir controlando sus reinos de taifas –Educación (=asimilación identitaria), medios de comunicación, blindaje de la Justicia, monopolio de la violencia, etc.–, y ¿por qué no?- un referéndum, a priori no vinculante, excepto si sale secesión, que llenaría de gozo a Torras y a Torrents…

Este cuento de la lechera que encanta a los nacionalistas –que son pocos pero joden mucho–, y que no desagrada a esta izquierda que gobierna en una minoría más que inestable, se quedará con el cántaro hecho añicos en las próximas elecciones, donde es más que probable que la derecha española tenga mayoría absoluta. Digan lo que digan las cocinadas encuestas del CIS.

Entonces volveremos a escuchar las típicas críticas a los trabajadores: que no votan lo que toca, que son tontos, que no entienden a sus líderes… Y, la realidad, es que esto último es verdad. Porque no es entendible que la izquierda haya perdido el norte y que esté más empeñada en defender los privilegios de las minorías secesionistas que los derechos de las mayorías trabajadoras.

Y volverán a dar paso a la derechona que gobierna para las oligarquías patrias y para las multinacionales sin tanto aspaviento. Y se instalarán en el victimismo y de su análisis no saldrá una autocrítica, ni una reflexión sobre los millones de votos perdidos en la abstención y en el voto a esa derecha que desprecian. Porque ni quieren ni pueden entender la inteligencia de los trabajadores ante la disyuntiva entre que les dividan en reinos de taifas que auguran un futuro más que negro –repúblicas bananeras inestables y conflictivas donde la igualdad estará en entredicho– y la de mantener una España unida que, al menos, les asegura un Estado democrático de Derecho. Con sus defectos, sí: pero estable, y con posibilidades de mejora. Porque es una izquierda esclerótica y en bucle que, a pesar de aparentar modernidad en las formas, está instalada en la frustración de su propia incapacidad para entender la superación del franquismo.

Es preciso una izquierda sin complejos, que aprenda historia críticamente y mire hacia delante. Que tenga un proyecto para todos, un proyecto centrado en la igualdad y no en la diferencia. Porque la diversidad no puede usarse como coartada para atentar contra la igualdad de derechos básicos. La diferencia, la identidad, sea la que sea -religiosa, de pertenencia o sexual-, no puede generar privilegios ni desigualdades.

Adendas

Surgen noticias sobre cambios en el sistema de inmersión lingüística en Cataluña. Esperar una reflexión crítica por parte del nacionalismo que nos conduzca a una escuela bilingüe es ingenuo. En mi artículo de la pasada semana ya dejaba claro que la mal llamada inmersión lingüística es una herramienta al servicio de un proyecto al que los nacionalistas no piensan renunciar: el de la construcción nacional.

Tales noticias pretenden servir para desactivar la fuerte contestación que se inició el pasado 8 de octubre de 2017 frente al órdago secesionista. Hora es que los no nacionalistas aspiremos, de una vez, a la hegemonía política en Cataluña.

Corolario

Es la izquierda no nacionalista la que tiene que enarbolar la bandera del cambio en Cataluña, la que tiene que romper el statu quo.

En Nou Barris, Barcelona.

Vicente Serrano

Presidente de Alternativa Ciudadana Progresista y miembro del Grupo Promotor de IZQUIERDA EN POSITIVO

Autor del ensayo EL VALOR rEAL DEL VOTO. Editorial El Viejo Topo. 2016.

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