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La ideología dominante

Por Santiago Trancón
martes, 28 de mayo de 2019
en Opinión
3 mins read

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Seamos marxistas, al menos por un ratito. Tratemos de comprender eso que los estructuralistas franceses llamaban “ideología dominante”. Ideología: conglomerado de ideas que conforman un todo, en el que cada idea es inseparable del conjunto, del que no se puede desgajar sin ponerlo en crisis. Las ideologías son las religiones de nuestro tiempo, transforman las ideas en creencias, y las creencias en dogmas. Sustituyen a la religión y aspiran, como ella, a regir la totalidad de la conducta humana, desde la moral y el sexo, a la política y las relaciones sociales.

Toda ideología es colectiva, crea un grupo con el que se identifican los individuos que la profesan. Por su naturaleza absorbente y totalizadora, exige que el individuo se identifique con ella hasta convertirla en un sustituto o prolongación del yo. Cualquier duda o ataque a la ideología se considera una ofensa a la persona que la profesa. Tanto es así que un individuo puede llegar a matar o a morir por defender su ideología, lo mismo que todavía hoy hay quien está dispuesto a morir y a matar por su religión.

De acuerdo con Marx, las ideologías no nacen de la nada, sino de las condiciones materiales y las relaciones de poder que se establecen en una sociedad. Tienen un fin: mantener un orden social que asegure el poder y la dominación de las clases privilegiadas.

Toda clase dominante lo es, no sólo por ostentar el poder económico, sino por generar y controlar la ideología dominante de una sociedad. Tómese aquí el concepto marxista de clase dominante en sentido amplio: no sólo incluye a los dueños de los medios de producción, sino del mercado, la información, las comunicaciones, el flujo del dinero, la tecnología, el armamento, el petróleo, las materias primas, etc. No forman un grupo unificado, ni podemos definirlos sin más como “los ricos”, ya que no todos los ricos son explotadores, depredadores y poderosos, sino sólo una minoría.

Aterrizo. Hoy, en España, podemos hablar de la existencia de una ideología política dominante que reúne todos los requisitos para serlo: conjunto de ideas rígidamente estructuradas, defendidas por sus seguidores de modo dogmático, difundidas ampliamente por los medios de comunicación, aceptadas por la mayoría de los ciudadanos. Algunos rasgos de esta ideología son:

–División de la sociedad en dos grupos enfrentados: las élites/la gente (casta, ricos, banqueros, Ibex 35…, “los malos”, frente a pueblo, clases trabajadoras,  marginados y oprimidos…, “nosotros, los buenos”).

-División política de los ciudadanos en dos grupos antagónicos: derecha/izquierda.

-Demonización y deshumanización de la derecha (antidemócrata, facha, franquista, explotadora, corrupta, xenófoba, machista…).

–Identificación de la izquierda con los valores positivos (tolerancia, democracia, libertad, sensibilidad, solidaridad…).

A partir de aquí, la ideología dominante ha ido ampliando su radio de acción: feminismo, abortismo, antipatriarcalismo, eutanasia, ecología, antisionismo, filoislamismo, plurinacionalismo, autodeterminación, identidad nacional, lengua propia… Cada poco surge una nueva causa que se engarza a las otras. Todo va a parar al mismo cesto.

Esta ideología “progresista” no se sostiene y difunde por su coherencia o racionalidad interna, sino porque absorbe emociones primarias, sobre todo negativas (odio, rechazo, miedo, rencor, envidia…); porque hace sentirse a los individuos superiores; porque canaliza frustraciones e impulsos reprimidos, que encuentran un escape al focalizarse en un “enemigo” fácilmente identificable, al que se descalifica de modo absoluto. Todas las causas que defiende (muchas veces justas en su origen) acaban así contaminadas de sectarismo, fanatismo, violencia verbal e imposición totalitaria. El ejemplo más claro es todo lo que tiene que ver con la “violencia de género”.

Mi conclusión es que esta ideología, si aceptamos el supuesto marxista, no tiene otro fin sino el de servir a los intereses y el poder de la clase dominante, como siempre ha sido a lo largo de la historia. Si es cierta esta inquietante verdad habrá que empezar a desmontar todo este tinglado retroprogre, todas sus falacias y engaños, el entramado de intereses a los que sirve y su función de control social de la conciencia, la conducta y hasta el sexo de la mayoría. Y cuidado, no para montar otra ideología paralela que recoja todos los deshechos de la historia, sino para imponer la racionalidad y la libertad individual y colectiva.

Lo primero es empezar a sospechar. Cualquier trabajador podría preguntarse, por ejemplo: ¿qué tengo yo en común con esos pijoprogres y millonarios de izquierda, desde Wyoming a Carmena, de Pepu Hernández a Monedero? ¿Y con esas madres secuestradoras de hijos en nombre del feminismo? ¡El Ibex 35 ideológico!

Por Santiago Trancón


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