¿La hora de la infamia?

Estamos asediados, aturdidos, abducidos por eso que los medios de manipulación de masas llaman “actualidad política”. No hay modo de quitárnosla de encima. Es como el zumbido de un enjambre sobre nuestras cabezas. En medio de tanto barullo no tenemos tiempo ya ni de indignarnos. Tratamos de guiarnos por un sentido elemental del orden y la justicia, pero es imposible asimilar tanta tropelía, tanta infamia, tanta mezquindad. Los nombres se amontonan cada día y ya no hay modo de llevar la cuenta ni de recordar sus apellidos. ¿Quién se acordará la próxima semana que hubo una ministra llamada  Montón, que en su máster plagiado llegó a decir que “la maternidad es esclavitud” y “la familia la derrota de las mujeres”?

¿O que el engolado, relamido y sobrevalorado ministro Borrell haya defendido, entre otras memeces, que los golpistas catalanes sería mejor que no estuvieran en la cárcel, y que las bombas que vendemos a Arabia Saudí, son tan humanitarias que “no producen efectos colaterales” porque “dan en el blanco que se quiere con una precisión extraordinaria”? ¿O que la ministra portavoz, de apellido Celaá, haya insistido en que las bombas “son láser de alta precisión y si son de alta precisión no se van a equivocar matando a yemeníes”?

¿Y si pasamos a la Tesis pedrusca, o sanchesca, simple engañifa, refrito o potaje indigerible, hojarasca de muy baja estofa, que un grupo de amiguitos de su mismo nivel intelectual calificó cum laude, en un ejercicio de endogamia degenerante, insultante y denigrante del prestigio académico de nuestras universidades? Y tanto da mirar hacia la izquierda oficial como hacia la derecha retrorrenovada, la de un Casado que tiene la consistencia de un globo de chiche, tan pronto divorciado de la realidad, porque lleva el pecado dentro de su zapato, y ya cojea y flaquea y mansea a ojos vista.

¿Y si miramos hacia esa pandilla de penenes podemitas que ha llegado por puro azar a la política creyéndose catedráticos eméritos de Harward? ¿O a doña Carmena, que parece querer convertirse en doña Croqueta de la política, que ha conseguido que Madrid esté todavía peor que estaba, por no girar hacia el este patrio, allá donde reinan y gobiernan los más eximios, fruto depurado del árbol fabuloso de la raza catalana, con la ayuda transitoria de esa lumbrera de ancha cara y poderoso cuello, que se les ha Colau? ¿La hora de los infames?

Infame es quien carece de crédito y honra, vil, malvado, indigno de ocupar el puesto o cargo que ocupa. Alguien que ha perdido toda credibilidad y reputación, y que debiera ser, cuanto menos, ignorado y apartado de cualquier responsabilidad pública. La infamia se construye con mentiras, engaños, bravuconadas de burofax, amenazas, intimidaciones, acuerdos secretos, cambalaches, traiciones y compraventa de voluntades, todo lo cual exige un ejercicio depurado de cinismo, de descaro, de desdén y desprecio de los principios morales más elementales. Inventarse currículos o alardear de títulos académicos de feria es la manifestación más abyecta de la impostura. Cuando en la vida política y pública lo que domina y predomina es este tipo de conductas, es que la democracia está degenerando, perdiendo su propia esencia y sentido.

¿No merecemos los españoles algo distinto, otros políticos, otros partidos, otras voces, otros ejemplos, empezando por los medios de información y crítica, hoy convertidos en gran parte en medios de manipulación y ofuscación al servicio de los infames y corruptos? Sí, los españoles necesitamos recuperar la autoestima, confiar en nuestra capacidad de  organización, de colaboración, de liberación y regeneración de la vida pública. Quizás necesitemos caer todavía más bajo, que la infamia nos llegue al cuello y temamos hasta que alguien haga olas.

Dependiendo de los días, ciertamente, uno puede sentirse así, pero es imposible saber  cómo se siente la mayoría. Imposible saber si esto seguirá desmoronándose, agrietándose, hasta que colapse de estructura, incapaz de resistir la tensión y el choque de las fuerzas internas, o si, fruto de la dominación y el desconcierto, la resignación acabará aceptando la propia autodestrucción como algo inevitable. Lo que dudo es que, llegado a este punto de no retorno, todo vaya a seguir desarrollándose como hasta ahora, ocultando el desgarro social y humano que este estado de infamia está ya provocando. Vamos, que no será ni aséptico ni incruento. La historia sigue ahí, un dinosaurio siempre dispuesto a despertar. Europa, por supuesto, lejos de ayudarnos, nos dará en el momento oportuno el último empujoncito.

Por Santiago Trancón Pérez


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