La tragedia ferroviaria en Adamuz ha destapado una cadena de errores que hiela la sangre. Más de media hora después del choque entre un Iryo y un Alvia, la Guardia Civil seguía sin saber que había un segundo tren implicado. Los agentes localizaron el convoy siniestrado por pura casualidad, al observar a varios pasajeros deambulando entre la oscuridad de las vías, tal y cómo ha desvelado Okdiario.
Resulta incomprensible que el Centro de Regulación y Control de Adif tuviera constancia del tren parado casi media hora antes de este hallazgo fortuito. Mientras en las pantallas de control se detectaba una anomalía en el tramo cordobés, los equipos de rescate operaban sobre el terreno a ciegas. Esta desconexión informativa entre la torre de control y las fuerzas de seguridad fue determinante en los primeros minutos.
El testimonio del cabo de la Guardia Civil Arturo Carmona es el relato de un desconcierto oficial con consecuencias fatales. El agente ha reconocido que se desplazaron al lugar pensando que solo debían asistir a un único tren. Fue la aparición de supervivientes del Alvia, emergiendo de las sombras, lo que dio la voz de alarma sobre la verdadera magnitud del desastre.
La improvisación marcó los momentos más críticos tras la colisión que ya se ha cobrado 45 vidas. Fue un pasajero, y no los sistemas de comunicación de Transportes, quien alertó a la Guardia Civil de la existencia del segundo impacto. A partir de ese aviso humano, el cabo Carmona tuvo que avanzar por las vías para descubrir un escenario dantesco que nadie le había anunciado.
Entre los hierros, el agente encontró a Cristina, una niña de seis años que ha quedado como única superviviente de su familia. El drama de esta pequeña, que perdió a sus padres, hermano y primo, simboliza el dolor de una tragedia agravada por la ineficacia. Es el rostro humano de una gestión técnica que falló estrepitosamente cuando más se la necesitaba.
La cronología facilitada por el Ministerio de Transportes es, en sí misma, una confesión de negligencia. El primer medio sanitario no llegó a la zona hasta las 20:30 horas, tres cuartos de hora después del choque. Este retraso en la asistencia médica es difícil de justificar en una red que se presume moderna y altamente monitorizada.
Renfe no activó su gabinete de crisis hasta que la Guardia Civil ya estaba atendiendo a las víctimas por sus propios medios. Esta reacción tardía demuestra una falta de reflejos alarmante en los altos estamentos ferroviarios del país. Mientras el caos reinaba en Adamuz, la burocracia estatal parecía avanzar a una velocidad muy distinta a la de la emergencia.
La evacuación de los primeros heridos no comenzó hasta una hora y cuarto después del accidente. Para muchos de los 45 fallecidos, ese tiempo de espera pudo ser la diferencia entre la vida y la muerte. La gestión de los tiempos por parte de las autoridades ferroviarias queda seriamente cuestionada tras estos datos objetivos.
La falta de coordinación entre Adif y los servicios de emergencia no puede despacharse como un simple error de comunicación. Existe una responsabilidad política evidente en el funcionamiento de unos protocolos que dejaron a oscuras a quienes debían salvar vidas. La sombra de la ineficiencia planea sobre un Ministerio que no supo guiar a los rescatistas hacia las víctimas.
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