Óscar Puente ha convertido durante su permanencia en el Gobierno el Ministerio de Transportes en un campo de batalla digital. Mientras el ministro dedicaba sus horas a la agitación en redes sociales y al ataque sistemático contra la oposición, la realidad de las infraestructuras españolas se degradaba a un ritmo alarmante. La gestión de lo público requiere de una sobriedad y una dedicación que el actual titular parece haber olvidado en favor del aplauso fácil de sus fieles en internet.
La situación de la red ferroviaria es, sencillamente, insostenible, y la catástrofe de Adamuz, presuntamente causada por el mal estado de la vía, es solo el ejemplo más trágico. Los retrasos en la Alta Velocidad, que antes era el orgullo de nuestra ingeniería, se han convertido en la norma y no en la excepción. Los ciudadanos que dependen del tren para trabajar sufren a diario las consecuencias de una falta de inversión y mantenimiento que Puente prefiere ignorar mientras redacta su próximo exabrupto en su cuenta personal. Sea cuál sea la causa final de la tragedia de Adamuz Óscar Puente ha demostrado que no es digno de ser ministro, porque todo el 2025 ha sido un canto al despropósito ferroviario.
Cercanías es hoy un foco constante de frustración para miles de españoles. Las averías mecánicas y los fallos en la señalización reflejan una parálisis operativa que nadie en el Gobierno parece querer atajar. No es una cuestión de falta de presupuesto, sino de prioridades políticas erróneas que priorizan la ideología y el enfrentamiento directo frente a la eficacia administrativa que el cargo exige.
No solo las vías sufren el abandono; el estado de las autopistas y carreteras nacionales es igualmente preocupante. El asfalto se deteriora y la seguridad vial se resiente ante la mirada indolente de un ministerio que parece más una oficina de propaganda que un centro de gestión técnica. La dejadez en la conservación de nuestras infraestructuras básicas es un lastre directo para la competitividad y la movilidad de todo el país.
El perfil de Óscar Puente no encaja con la dignidad que requiere un Ministerio de Transportes. Su estilo agresivo y su tendencia a la descalificación personal han dinamitado cualquier posibilidad de consenso institucional. Un ministro debe ser un gestor, no un «troll» que busca la confrontación permanente para desviar la atención de sus propios fracasos en la gestión diaria.
España no puede permitirse un responsable de infraestructuras que vive ajeno a la realidad de los andenes y las carreteras. La sensación de caos en los nodos logísticos del país empieza a ser sistémica. Los usuarios han pasado de la sorpresa a la indignación, viendo cómo el responsable máximo de sus desplazamientos gasta sus energías en polémicas estériles y ataques partidistas.
La responsabilidad política nace de la eficiencia en el servicio al ciudadano. Cuando un ministro fracasa en lo elemental, que es garantizar el buen funcionamiento de los servicios públicos, su permanencia en el cargo se vuelve un insulto a los contribuyentes. El crédito de Puente se ha agotado entre avería y avería, entre tuit y tuit, demostrando una incapacidad manifiesta para liderar su cartera.
Resulta evidente que Pedro Sánchez mantiene a Puente más por su capacidad de choque político que por su competencia técnica. Es un escudo humano para el presidente, pero un agujero negro para el progreso de nuestras infraestructuras. Esta estrategia de anteponer la supervivencia política al bienestar común es una de las señas de identidad más tristes de la actual legislatura.
La dimisión de Óscar Puente es ya una necesidad imperativa para la salud de nuestras comunicaciones. El país necesita un perfil técnico, moderado y centrado exclusivamente en recuperar la excelencia de nuestro transporte. No podemos seguir normalizando que el mantenimiento de las vías dependa de los estados de ánimo de un ministro más preocupado por su perfil digital que por la seguridad vial.
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