La celebración de la manifestación separatista de la Diada del próximo 11 de septiembre se presenta este año como una cita marcada por la incertidumbre y la falta de entusiasmo. A medida que se acerca la fecha, crece la sensación entre los organizadores y observadores de que la manifestación puede quedar reducida a un acto simbólico, lejos de las masivas movilizaciones de años anteriores.
En el seno de la ANC, la entidad organizadora principal presidida por Lluís Llach, ya se habla abiertamente de preocupación ante el posible fracaso de convocatoria. La falta de un mensaje movilizador unificado y el desgaste del relato independentista parecen haber calado en la base social.
Uno de los factores que alimentan el desánimo es la decisión de no invitar a ciertos partidos o corrientes ideológicas del independentismo más radical, como Aliança Catalana, lo cual ha fragmentado aún más el ya debilitado frente secesionista. La exclusión deliberada de sectores con representación creciente en algunos ayuntamientos ha sido interpretada como un movimiento ideológico que prima la ortodoxia sobre la capacidad real de sumar adhesiones. La Diada corre así el riesgo de convertirse en una manifestación cerrada, autorreferencial y alejada de la pluralidad que un día reclamó representar.
El desgaste del formato tradicional de la Diada también es evidente. Otra vez la movilización se ha descentralizado y se ha planteado un triple eje de actuación con actos en Barcelona, Girona y Tortosa. Bajo el lema “Més motius que mai. Independència”, los organizadores apelan a la base emocional del movimiento, insistiendo en los «agravios históricos, el expolio fiscal y la defensa de la lengua catalana». Sin embargo, el eslogan no ha generado el impacto esperado y apenas ha logrado instalarse en la agenda pública, ni siquiera dentro del propio espacio independentista.
El recorrido de la manifestación en Barcelona ha sido acortado y reducido a un trayecto claramente simbólico. Comenzará en el Pla de Palau, continuará por el Passeig d’Isabel II y el Passeig de Colom, y finalizará en el número 1 de La Rambla. A diferencia de años anteriores, el itinerario no cruzará transversalmente la ciudad ni conectará con instituciones clave como el Parlament o la Plaça Catalunya. Esta elección de recorrido está orientada más a generar una buena imagen televisiva que a ocupar masivamente el espacio público.
Además, el llamamiento a los denominados “nuevos catalanes” para que participen en la manifestación se ha percibido como una estrategia desesperada por recuperar músculo social. Sin embargo, sin una narrativa clara ni propuestas nuevas, este intento de ampliar la base separatista puede quedar en un gesto vacío. El movimiento, anclado en consignas repetidas durante más de una década, parece incapaz de reinventarse de forma efectiva.
En paralelo, los partidos separatistas no han mostrado un respaldo entusiasta al acto. ERC mantiene una posición tibia, mientras que Junts observa la convocatoria con prudencia, centrado más en su agenda parlamentaria y en su papel dentro del Congreso de los Diputados. La fractura entre el independentismo institucional y el civil ha debilitado notablemente la capacidad de movilización conjunta. A esto se suma un distanciamiento creciente de la ciudadanía respecto a los grandes gestos, cansada de promesas incumplidas y horizontes inalcanzables.
Todo apunta a que la Diada de este año será recordada más por su tono testimonial que por su poder de convocatoria. Lejos de las grandes cifras que marcaron la década anterior, el independentismo civil se enfrenta al reto de recuperar relevancia en un contexto de desmovilización generalizada. La ausencia de objetivos concretos, el aislamiento de determinadas corrientes y el desgaste acumulado pesan más que los “motivos” invocados en el lema oficial.
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