El 25 de julio de 2014 Jordi Pujol confesó que había sido un evasor fiscal, e intentó distraer la atención con excusas diversas sobre el origen del dinero que tenía en Andorra.
A los pocos días comenzó la operación nacionalista para salvar a su ‘mesías’, porque no podía ser que el muñidor de la Cataluña de la inmersión lingüística y de la exclusión de los catalanes no nacionalistas, quedara como un chorizo y no como el “héroe” que, en su opinión, era.
Desde el inicio se hacía ver como que se le apartaba a Pujol de la vida pública, pero por otra se urdieron teorías sobre como “España” había urdido una conspiración para desprestigiar a un independentismo que ya apostó por el choque de trenes.
El secesionismo con la boca pequeña hablaba de la corrupción de la antigua Convergencia, pero ha elogiado sin parar lo que considera “logros” del pujolismo: la inmersión lingüística excluyente, la creación de TV3 y, sobre todo, como el “Programa 2.000” que implicaba el control total de todos los resortes políticos, económicos, culturales y sociales en Cataluña, se ha llevado a cabo con una eficacia total.
Comentario editorial de elCatalán.es
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