Barcelona, antaño referente europeo de modernidad y convivencia, se ha convertido en un escenario marcado por la inseguridad. La percepción ciudadana ya no es solo percepción: los datos de robos, agresiones y delitos menores confirman que las calles están cada vez menos protegidas. La gestión del alcalde Jaume Collboni (PSC) ha demostrado ser incapaz de revertir una situación que mina la confianza de vecinos y comerciantes.
La política de seguridad del actual gobierno municipal es, en la práctica, una ausencia de política. Se ha dejado a la ciudad al albur de bandas organizadas, carteristas reincidentes y delincuentes que saben que en Barcelona las consecuencias son mínimas. El resultado es un ecosistema urbano donde reina la impunidad. Sant Antoni es un foco de incivismo. La Barceloneta sufre robos con violencia a diario. La Verneda se ha convertido en la pesadilla de los vecinos. Este viernes mismo se produjo un nuevo tiroteo en la Rambla de Prim. El metro es cada vez más inseguro.
Lo más grave es que los barceloneses sienten que las autoridades no están de su lado. Los Mossos d’Esquadra, pieza clave en la seguridad ciudadana, parecen estar más preocupados por la falta de respaldo político y por la continua erosión de su imagen que por recuperar el control de las calles. La falta de coordinación entre el Ayuntamiento y la policía autonómica solo agrava el problema.
Collboni no ha sabido exigir al Gobierno autonómico de Salvador Illa, de su mismo partido, más presencia policial, y el déficit crónico que sufre Barcelona se sigue agravando. Mientras el alcalde insiste en vender una Barcelona de postal, la realidad es bien distinta: turistas que sufren robos a plena luz del día, vecinos que evitan ciertas zonas al caer la noche y comerciantes que ven cómo su inversión se convierte en un blanco fácil para la delincuencia. La brecha entre el discurso oficial y la vida real es cada vez más insostenible.
Los socialistas en el poder han preferido priorizar el relato antes que la acción. No hay un plan contundente contra la delincuencia, no se apuesta por reforzar la presencia policial en los barrios y tampoco existe un mensaje claro de apoyo a los agentes que arriesgan su vida. El vacío de liderazgo es evidente y la ciudad lo paga con miedo e incertidumbre.
Barcelona no puede permitirse seguir en esta deriva. Una capital cosmopolita que aspira a liderar en innovación, cultura y turismo no puede normalizar la sensación de que «todo vale». La seguridad no es un lujo, es la base de la convivencia. Sin ella, el resto de políticas públicas pierden sentido.
La responsabilidad recae directamente en Collboni y en su equipo. Gobernar exige tomar decisiones difíciles, incluso impopulares, cuando se trata de garantizar el orden. Mirar hacia otro lado o diluir responsabilidades en otros organismos es un gesto de debilidad que los delincuentes saben aprovechar.
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