El constitucionalismo catalán atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. A pesar de contar con una base social amplia, activa y comprometida con la unidad de España y el respeto al marco constitucional, sus fuerzas políticas y cívicas se encuentran debilitadas frente a un independentismo que no deja de avanzar en sus objetivos. En esta batalla desigual, resulta evidente que Cataluña no puede librar sola esta lucha: necesita el respaldo claro y firme del resto de España.
El oxígeno del separatismo
El secesionismo catalán, lejos de replegarse tras los episodios de 2017, ha encontrado en el actual Gobierno de Pedro Sánchez un aliado imprescindible para mantener vivas sus aspiraciones. Los pactos con ERC y Junts, las cesiones en materia judicial y el discurso político que blanquea a los dirigentes separatistas han fortalecido a un movimiento que estaba en horas bajas. Desde la amnistía hasta los privilegios fiscales, las concesiones han sido constantes.
Una resistencia heroica
Mientras tanto, los partidos y asociaciones que defienden la Constitución en Cataluña deben enfrentarse no solo a la maquinaria independentista, sino también a la indiferencia de gran parte de la política nacional. Su labor es heroica: resistir en un entorno hostil, defender los derechos de quienes no comulgan con el separatismo y mantener viva la idea de una Cataluña plenamente integrada en España. Pero sin un apoyo decidido desde fuera de la comunidad, su voz corre el riesgo de diluirse.
La fuerza de la sociedad civil
La sociedad catalana no separatista ha demostrado en numerosas ocasiones que existe. Millones de ciudadanos han salido a la calle para defender la legalidad, el bilingüismo y la convivencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, la falta de respaldo político y mediático a nivel nacional ha generado desánimo. Cuando se percibe que desde Madrid se da por perdida Cataluña, el mensaje que recibe el separatismo es claro: la división funciona.
El papel del Gobierno central
El Gobierno de Sánchez, con su estrategia de supervivencia parlamentaria, ha dado oxígeno a un movimiento que parecía agotado. Lejos de exigir el cumplimiento de la ley, ha preferido negociar cada paso de su legislatura con los mismos partidos que ponen en duda la soberanía nacional. Esto deja al constitucionalismo en Cataluña en una situación de vulnerabilidad que solo puede compensarse con el apoyo del resto de España.
Un apoyo que debe ser real
Ese apoyo no puede limitarse a discursos simbólicos o a mensajes de ánimo en fechas señaladas. Se requiere un compromiso real: respaldo político, mayor presencia de medios de comunicación que rompan el relato independentista, asociaciones cívicas que trabajen en red con las catalanas y, sobre todo, una implicación activa de los partidos de ámbito nacional para no dejar huérfanos a millones de españoles en Cataluña.
Una cuestión nacional
Si el separatismo cuenta con el apoyo de un Gobierno central dispuesto a ceder para mantenerse en el poder, el constitucionalismo solo podrá plantar cara si logra la complicidad del resto del país. No se trata de una cuestión local ni de una disputa regional, sino de la defensa misma de la unidad nacional y del Estado de derecho. Lo que ocurre en Cataluña afecta directamente al conjunto de España.
Cataluña no está perdida
Cataluña no está perdida, pero tampoco puede defenderse sola. Es el momento de que el resto de los españoles entiendan que apoyar al constitucionalismo catalán es apoyarse a sí mismos. La unidad solo se preserva con solidaridad, compromiso y una estrategia conjunta. De lo contrario, el separatismo seguirá avanzando, cada vez con menos resistencia y con más complicidad por parte de PSC y PSOE.
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