¡Gracias Cayetana! El precio de la mentira y el valor de la verdad

Circulan por las redes, diferentes recortes de videos del presidente del gobierno cuando afirmaba que no pactaría con BILDU o que no dormiría tranquilo en un gobierno con Pablo Iglesias y toda suerte de lindezas de este tipo. Eran mentirijillas, esas llamadas mentiras piadosas que se decían al profesor en el cole para que no te castigase (bueno, esto era antes de la LOGSE) o a los padres y que todo el mundo sabía que no eran verdad, pero que se asumían como parte del “consenso falaz “que rige la vida.

Igualmente, el único vicepresidente varón del gobierno vestido ahora de “constitucionalista del Régimen del 78”, está reinventando su pasado más inmediato y haciendo perdonarse, de paso, sus notorios desprecios por la verdad, la razón y la democracia. Olvidar en tiempos de reivindicación de la Memoria democrática es algo peligroso. El siglo XX está plagado de “errores” de memoria reciente que abocaron a países libres al abismo del totalitarismo y la destrucción. Muchos de esos sesgos de la memoria estaban escritos en páginas.

Esto pasó en la última Sesión de Control al Gobierno. Diferentes intervenciones fueron desgranando el nivel de polarización y simplificación que la clase política en el gobierno quiere instalar como parte del proceso de desprestigio de la institución en la que reposa la soberanía popular. No veníamos de la nada, el otro día, tras la enésima prórroga de Estado de Alarma, surgió una nueva mentira con dos vertientes. La primera hemos pactado con BILDU para salvar vidas. Las palabras BILDU y vida juntas es algo que algún hermeneuta de la izquierda deberá explicar o deconstruir. Y la segunda mentira y que es derivaba de esta, es que el PP ha sido el responsable del citado acuerdo. Dos mentiras por el precio de una y que todo el mundo ha aceptado.

Desde ese momento, el propio presidente parece iniciar una frenética escalada de medias verdades que, como decía José María García, es la peor de las mentiras, lo que lleva implícita no poca inseguridad hacia los ciudadanos y que está relacionadas con las falacias construidas en torno al concepto de “reconstrucción”, antes “Plan Marshall” y toda suerte de ingeniosos significantes de la factoría Redondo. Claro, si entendemos que hay que reconstruir, es porque algo se ha destruido. Es este extremo estaríamos concediendo al virus una capacidad demoledora para la sociedad, vamos, como los bombardeos de Dresden; algo que, sinceramente, nadie puede aceptar.

Pero hay algo que podría justificar el uso del término “reconstrucción” y que no es otra cosa que asumir que “alguien”, un ser, ha destruido el tejido social, los trabajos, las industrias. ¿Quién es ese Godzila?, la primera respuesta sería “el gobierno” encarnado en la persona, “mi persona” del presidente, ese taumaturgo que sanará a toda la sociedad. Pero ¿verdad qué el no ha destruido nada? Pues entonces, no usemos el verbo reconstruir y cambiémoslo por el de reactivar; aunque claro, puede ser que tras el paso del único vicepresidente varón del gobierno sea necesario reconstruir todo los pactos sociales, económicos y morales que, esos sí, construyeron la sociedad española desde los años setenta y que los adanistas parecen querer destruir.

También, desde hace unos días, surge una nueva medio verdad en torno a los datos de fallecimientos globales en España y al impacto, por lo tanto, del virus en términos de letalidad. A estos nuevos datos, que son producto de una nueva forma de contar, se añaden las siempre sorprendentes declaraciones del portavoz “técnico” y sus, cada vez, menos sorprendentes contradicciones. En todos estos elementos que señalamos podemos encontrar un elemento común que afecta por igual al entramado de discursos que se tejen desde el seno del gobierno y sus portavoces y que cada día despierta menos sorpresa: la mentira.

El gobierno no es que falte a la verdad, es que miente descaradamente a los ciudadanos. Que en una negociación política se cuenten medias verdades, puede tener su lógica, pero es menos admisible que el presidente del gobierno sea una evidente constatación de la mentira y que los ciudadanos asistan silenciosos a este hecho. Esto es lo más grave que estamos comprobando en este tiempo de aplausos, caceroladas y ruido.

Sobre el pueblo que se cree la falacia, esa debe ser la cuestión que nos convoque a todos. La confusión que los medios de comunicación instalan entre aquello que requiere la atención de los ciudadanos de un país libre y lo que realmente se hace “noticia” es el abismo. Los expertos, sí, los que manejan la comunicación política, insistirán en la necesidad de que el pueblo no conozca la verdad y que viva en aquello que puede parecer o tener apariencia de veraz, pero, ¿y si no hay ni una sola verdad en el discurso? Quizá ahora podríamos reflexionar sobre la “banalidad de la mentira” y el principio de la libertad. Un ciudadano responsable, una sociedad adulta, es aquella que, por principio no acepta el contenido de las palabras que el poder emite o profiere y se pregunta por qué y cuál es el significado que tienen las palabras y los significantes que el poder profiere. Cuando habla el presidente, ¿todos entienden lo mismo de sus “verdades”?

Claro, pensar no nos hace libres, la libertad nace de la crítica; y opinar en todas las tertulias, tampoco parece que sea un escenario privilegiado de la libertad; aunque el sesgo cognitivo que la gente percibe sea que hay mucha libertad de criterio, pero ¿qué dicen las palabras?, ¿los ciudadanos son libres de pensar o que quieran con respecto a las mentiras del gobierno? Parece que no; en las dictaduras, la gente puede pensar, son libres para hacerlo, ¿verdad? Es necesario que, en espacio público, se garantice, de forma evidente, la libertad de gritar que la mentira tiene un precio.

Pero ayer, en un momento dado y tras escuchar la profecía que el señor vicepresidente 1º del gobierno espetó al señor Teodoro del PP, sobre eso de obedecer y desobedecer órdenes  – la banalidad del mal, ¿verdad señores de Podemos?  – algo se rompió. De repente, muchas personas debieron darse cuenta de que todo el plan del gobierno, o por lo menos de parte de él, tiene un objetivo que excede con mucho la superación de la coyuntura de la epidemia y sus diferentes fases de desescalada.

Cuando Cayetana Álvarez de Toledo subió a la tribuna de oradores, de riguroso luto, explicó, punto por punto, el programa de gobierno de Sánchez-Iglesias. No la espuma del mismo, sino las burbujas que subyacen y que crean ese falso escaparate. Cayetana, con sutileza, contundencia y rigor no fue solamente una oradora en el ejercicio de su derecho, sino que fue una persona libre y sin temor, asumiendo las consecuencias de expresar su opinión en sede parlamentaria a sabiendas que las terminales mediáticas irían a atacarla y quedarse con lo contingente del asunto, ayer, ella asumió el precio de la verdad.

El primer paso fue no dejarse insultar, porque sí, señores, en la boca de un político, declaradamente comunista, llamar a una persona pro su estatuto social “Señora marquesa” es arrojar sobre ella todo el argumentario que el marxismo y el materialismo realizaron contra la nobleza en las postrimerías del XIX y que calificaban al grupo social como “parasitario”. Pero, además, era colocarla en el disparadero ante el supuesto “delito” que ella cometió al aludir el pasado terrorista del progenitor del señor vicepresidente varón del gobierno. Este respondió con una amenaza, mucho más agresiva y peligrosa que lo que algunos creyeron ver en las palabras de Cayetana, pero eso no importa, porque en este tiempo de epidemia, la verdad no tiene lugar. Manipuló el señor Iglesias las palabras y los argumentos de Cayetana; llevó al terreno personal la descripción de los hechos, y cuando ella argumentó lo perverso de admitir que las cualidades se “heredan” y que ella no tenía porque ser el producto de una condición biológica, él tampoco.

Cabría ahora recordar a algunos que llevan seis años sembrando el odio, la división, aliándose con separatistas de toda suerte y que aprovechan cualquier crisis para imponer su programa de más largo alcance, que ese “intelectual colectivo” que han creado a su imagen y semejanza, basa buena parte de su “hegemonía” actual en el uso de la mentira como arma revolucionaria, pero no olviden, no ya que existen otras formas de pensamiento que van más allá del conflicto, como por otra parte recordó la propia Cayetana en esa defensa de los valores del 78, sino que hay discursos que abogan por el uso de la razón como principio para construir la sociedad y que el precio de la verdad siempre es más saludable que el de la mentira.

Y no solamente porque la Verdad nos hará libres, sino porque asumir el riesgo de ser sincero y honesto con uno mismo en sede parlamentaria es un ejercicio de transparencia y madurez democrática. Gracias Cayetana, el valor e impacto de un discurso se mide, en estos tiempos de epidemia de la razón, por el volumen de gritos de odio que emiten los enemigos de la libertad que están inmersos en sus permanentes procesos revolucionarios o de sedición. Desde las escaleras de una universidad hasta la tribuna del parlamento el camino de baldosas serpentea hacia la noche aciaga en las que se queman libros, cuando, los que están en la caverna, siguen sin querer asumir lo que ocurre. Que no siempre tengamos que recordar a Chaves Nogales, Maeztu .

Heraldo Baldi

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