Sergio Fidalgo: Muy buenas. Estamos en una nueva entrevista de elCatalán.es.. Hoy nos acompaña Gonzalo de Oro, presidente del Grupo Municipal de Vox en el Ayuntamiento de Barcelona. Gonzalo, muchas gracias por estar con nosotros.
Gonzalo de Oro: ¿Qué tal, Sergio? Encantado de estar aquí.
Sergio Fidalgo: Hace unos días publicamos en nuestras redes sociales un vídeo recopilando varios episodios de violencia contra Vox. Había imágenes de Barcelona y también de Sant Cugat. Si no recuerdo mal, en muy pocos días hubo incidentes en Zona Franca, Gràcia y Sants. Incluso en barrios donde antes no sucedía. ¿Qué está pasando?
Gonzalo de Oro: Incluso en Nou Barris, donde tradicionalmente no habíamos tenido problemas, también hemos sufrido incidentes durante alguna carpa informativa. Creo que todo esto es consecuencia, en primer lugar, de la demonización constante que determinados partidos políticos y algunos medios de comunicación llevan años haciendo contra Vox. Es verdad que ese discurso cada vez cala menos entre la población, pero todavía hay personas a las que sigue influyendo, especialmente a quienes reaccionan con mayor radicalidad.
Pero, sobre todo, esta violencia demuestra una cosa: que existe miedo. Miedo a que Vox siga creciendo. Hemos mejorado nuestros resultados electorales en distintas comunidades autónomas y, por primera vez, empezamos a tener responsabilidades de gobierno. La gente percibe que somos una alternativa real y eso inquieta a quienes llevan años viviendo muy cómodos.
España necesita cambios profundos y muchos ciudadanos buscan nuevas ilusiones. Sin embargo, quienes se oponen a cualquier transformación reaccionan con nerviosismo. En cierto modo, esta violencia es una mala noticia porque evidencia una preocupante falta de respeto hacia quien piensa diferente, pero también es una buena señal porque demuestra que estamos avanzando y que empezamos a incomodar a quienes hasta ahora se sentían intocables.
Sergio Fidalgo: Siempre que habéis sufrido incidentes en vuestras carpas habéis agradecido públicamente la actuación de la Guardia Urbana y de los Mossos d’Esquadra. De hecho, tengo la impresión de que distinguís claramente entre el trabajo de los agentes y las decisiones que se toman desde arriba.
Recuerdo especialmente lo ocurrido hace unos días en Gràcia. Joan Garriga grabó un vídeo que se hizo muy viral en redes sociales. Se veía una concentración bastante numerosa de personas increpando vuestra carpa y muy pocos agentes protegiéndola. Evidentemente, nadie duda de la profesionalidad de esos policías, pero la sensación era que el dispositivo resultaba claramente insuficiente. ¿Es habitual que ocurra algo así?
Gonzalo de Oro: Lo primero que quiero hacer es agradecer públicamente el trabajo tanto de la Guardia Urbana como de los Mossos d’Esquadra. Los agentes están ahí, hacen todo lo posible por protegernos y cumplen con su obligación en circunstancias muchas veces muy complicadas.
Ahora bien, también hay una realidad que no podemos ignorar. En los Mossos existe una dirección muy politizada y, en ocasiones, da la sensación de que las instrucciones que reciben los agentes son cuanto menos extrañas. Es como si el objetivo fuera que no llegara a ocurrir una desgracia, pero sí permitir que suframos situaciones de enorme tensión. Y entre sufrir una agresión y que ocurra algo realmente grave hay una línea muy fina.
Además, la policía actúa hoy con un enorme miedo. Recuerdo perfectamente aquella carpa de la que hablas. Los propios agentes nos pidieron que esperáramos a la llegada de refuerzos antes de recuperar el espacio que los manifestantes nos estaban ocupando. Poco a poco se fueron acercando hasta situarse a menos de un metro de la carpa.
La realidad es que aquel grupo tampoco parecía especialmente peligroso. No estaban lanzando objetos ni protagonizando una agresión violenta. Sin embargo, los agentes no se sintieron respaldados para intervenir hasta contar prácticamente con más efectivos que manifestantes. Eso demuestra que existe un temor evidente a actuar. Si los policías contaran con el respaldo político y jurídico que necesitan, probablemente habrían despejado la zona mucho antes y sin ningún problema.
Lo estamos viendo cada vez con más frecuencia. Hace poco, por ejemplo, en la confluencia de Muntaner con Mitre fueron necesarios quince o veinte agentes para reducir a una persona armada con un cuchillo. Finalmente lo consiguieron, pero la sensación es que la policía trabaja con un exceso de prudencia porque sabe que cualquier actuación puede acabar teniendo consecuencias para ellos. Ese es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad: tenemos unos cuerpos policiales que, en demasiadas ocasiones, no se sienten respaldados ni por sus mandos ni por la legislación vigente.
Sergio Fidalgo: Hablando precisamente de seguridad, hace unos días organizasteis una concentración en la plaza Kennedy, en Sarrià-Sant Gervasi, para denunciar el incremento de la delincuencia en Barcelona. Durante años estábamos acostumbrados a hablar de robos de relojes, tirones o hurtos a turistas. Sin embargo, en los últimos meses hemos asistido a un salto cualitativo muy preocupante: ajustes de cuentas, tiroteos y asesinatos a plena luz del día.
El caso más impactante fue el ocurrido en la calle Balmes, donde un sicario ejecutó de un disparo en la cabeza a un hombre delante de una comisaría de la Policía Nacional. ¿Qué está ocurriendo en Barcelona para que la delincuencia haya dado un salto tan preocupante?
Gonzalo de Oro: Lo que está ocurriendo es el resultado de muchos años sin afrontar el problema o, peor aún, de negarlo sistemáticamente. Barcelona lleva demasiado tiempo sufriendo un incremento constante de la inseguridad. Todas las estadísticas reflejan una evolución muy preocupante y, desde hace años, también muestran que una parte muy importante de la delincuencia está protagonizada por extranjeros. Del mismo modo, hace tiempo que bandas latinas, organizaciones procedentes del este de Europa, grupos vinculados al narcotráfico y bandas magrebíes se han asentado en la ciudad.
Todo esto lo llevamos denunciando desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el Partido Socialista, Esquerra Republicana, los Comunes, Junts y el resto de partidos han preferido negar la realidad antes que afrontarla. Entre quienes niegan el problema y quienes no plantean ninguna solución, hemos llegado a una situación explosiva que ha terminado estallando en las manos del alcalde Jaume Collboni y, desgraciadamente, también en las de todos los barceloneses. Hoy nadie puede sentirse completamente seguro en Barcelona.
Lo sucedido hace unos días es la mejor prueba de ello. En una ciudad completamente blindada por la visita del papa León XIV, con un despliegue policial probablemente sin precedentes desde los Juegos Olímpicos, un sicario ejecutó a una persona de un disparo en la cabeza a plena luz del día, delante de numerosos testigos y a escasos metros de una comisaría de la Policía Nacional. Después escondió el arma y consiguió huir. Y todo eso ocurrió, insisto, el día en que probablemente había más policías desplegados en Barcelona que nunca.
De esa situación se desprenden dos conclusiones muy claras. La primera es que Barcelona no tiene únicamente un problema de falta de efectivos policiales; también tiene un exceso de delincuentes. Puedes aumentar el número de agentes todo lo que quieras, pero si la delincuencia sigue creciendo al mismo ritmo, siempre serán insuficientes.
La segunda conclusión es todavía más preocupante: determinados delincuentes actúan con una sensación absoluta de impunidad. Son capaces de cometer un asesinato en pleno centro de la ciudad, a plena luz del día y con un despliegue policial extraordinario. Eso demuestra que las organizaciones criminales se sienten cómodas y seguras. Y cuando las bandas pierden el miedo al Estado, significa que hemos llegado demasiado tarde.
Sergio Fidalgo: La inseguridad aparece desde hace años entre las principales preocupaciones de los barceloneses en prácticamente todas las encuestas. ¿Qué propone Vox para revertir esta situación?
Gonzalo de Oro: Lo primero que hay que hacer es reconocer el problema. Parece una obviedad, pero es fundamental. Lo que no se puede hacer es seguir negando la realidad, como lleva haciendo el alcalde desde hace mucho tiempo. Hace apenas unas semanas afirmaba en una entrevista en Betevé que Barcelona estaba mejor que hace diez años. La realidad se ha encargado de desmontar ese discurso.
No puedes decir que la ciudad está mejor cuando, desde 2017, el tráfico de drogas ha aumentado cerca de un 400 %, las violaciones casi un 300 % y las tentativas de homicidio alrededor de un 125 %. Son datos objetivos. No son opiniones de Vox. Por tanto, lo primero es dejar de mentir a los ciudadanos. Después hay que analizar las causas del problema y actuar sobre ellas.
Uno de los principales factores es el narcotráfico. Barcelona tiene un grave problema con la droga. De hecho, existen estudios que sitúan a la ciudad entre las que presentan una mayor concentración de restos de estupefacientes en sus aguas residuales, incluso por encima de otras ciudades europeas tradicionalmente asociadas al consumo de drogas.
Por eso presentamos hace unos meses un plan específico contra el narcotráfico y los narcopisos. ¿Cuál fue la respuesta? Todos los grupos municipales votaron en contra. Todos. Algunos sostienen que el problema no es tan grave; otros aseguran que exageramos. Siempre encuentran una excusa para no actuar.
Después hay que analizar quién protagoniza buena parte de esa delincuencia. Los datos de la Guardia Urbana indican que alrededor del 80 % de los detenidos en Barcelona son extranjeros. Eso no significa, en absoluto, que los extranjeros sean delincuentes por el hecho de serlo. La inmensa mayoría viene a trabajar y a construir un proyecto de vida. Pero también significa que estamos importando delincuencia y que debemos tener el valor de afrontar ese debate sin complejos.
Muchos responden que las deportaciones no dependen del Ayuntamiento, y es cierto. Pero como país debemos abrir ese debate sin miedo. Ya hay países europeos que están endureciendo sus políticas migratorias porque han comprobado que determinadas situaciones son insostenibles. Basta observar lo que ocurre en países como Reino Unido, Francia o Bélgica. ¿Queremos llegar a esa situación? Porque vamos por el mismo camino, solo que mucho más deprisa. Hablar de deportaciones no significa desear ningún mal a nadie. Deportar simplemente consiste en devolver a una persona a su país de origen cuando incumple las condiciones para permanecer aquí.
Las personas que llegan legalmente para trabajar, integrarse y contribuir al desarrollo del país son bienvenidas. Pero quienes vienen a delinquir o a destruir la convivencia no deberían permanecer un solo día más entre nosotros. Muchas veces escuchamos que la solución consiste únicamente en aumentar el número de policías. Nosotros también queremos más agentes, por supuesto. Pero si no reducimos simultáneamente el número de delincuentes, llegará un momento en que necesitaremos un policía por cada dos ciudadanos. Esa no puede ser la solución.
Necesitamos más policía, sí, pero también menos delincuencia. Y hay otro aspecto fundamental: respaldar de verdad a los cuerpos policiales. Los agentes necesitan sentir que cuentan con el apoyo de sus responsables políticos y con una legislación que les permita actuar sin miedo a que cumplir con su deber acabe arruinándoles la vida.
Sergio Fidalgo: Os hemos visto participar en varias movilizaciones vecinales contra la inseguridad. Recuerdo, por ejemplo, la celebrada hace poco en la Zona Franca. Has hablado de inmigración y también de la necesidad de respaldar más a la policía, pero quiero preguntarte por otro concepto que cada vez aparece más en el debate público: las llamadas zonas «no-go». En ciudades europeas se habla de barrios donde la presencia policial resulta muy complicada. ¿Existe ya esa realidad en Barcelona? ¿Hay zonas donde la policía prácticamente no puede entrar o todavía mantiene el control de toda la ciudad?
Gonzalo de Oro: Quien probablemente mejor podría responder a esa pregunta es Samuel Vázquez, nuestro portavoz nacional en materia de Seguridad. Es un magnífico criminólogo y una de las personas que mejor conoce la evolución de la delincuencia en España. Él explica algo muy importante: la delincuencia ha cambiado completamente y las herramientas para combatirla también deben hacerlo.
Hace cuarenta años, muchos delincuentes eran drogodependientes que robaban para conseguir dinero con el que comprar una dosis. Hoy la situación es completamente distinta. Nos enfrentamos a bandas organizadas, mafias internacionales, delincuencia profesionalizada y grupos perfectamente estructurados.
También ha cambiado el perfil físico de muchos delincuentes. Antes bastaba muchas veces con la presencia de un agente para disuadir un delito. Hoy nos encontramos con personas preparadas físicamente, que actúan en grupo y, en numerosos casos, armadas. Ya no hablamos únicamente de navajas; hablamos también de armas de fuego.
Si la delincuencia evoluciona y las fuerzas de seguridad siguen actuando con los mismos procedimientos de hace décadas, siempre irán un paso por detrás. En cuanto a las zonas «no-go», creo que Barcelona todavía no ha llegado exactamente a ese punto, pero sí tiene numerosas zonas de confort criminal.
¿A qué me refiero? A lugares donde los delincuentes actúan con la tranquilidad de saber que el riesgo de ser detenidos es muy bajo. La mejor prueba son los asesinatos que estamos viendo a plena luz del día en calles perfectamente transitadas. Ocurrió en la calle Minería, ocurrió el año pasado en Consell de Cent, en plena supermanzana, y volvió a suceder hace unos días en la calle Balmes durante la visita del Papa.
Todo eso demuestra que las bandas criminales ya no sienten la necesidad de esconderse. Actúan donde quieren y cuando quieren. ¿Existen ya barrios donde la policía tenga que extremar todas las precauciones para entrar? Sí. Hay zonas como partes del Besòs-Maresme o determinados puntos del Raval donde las intervenciones requieren numerosos efectivos y una planificación especial. ¿Podemos decir que Barcelona tiene hoy auténticas zonas «no-go»? Probablemente todavía no. Pero si seguimos con la evolución de los últimos años, especialmente la de los últimos meses, estamos peligrosamente cerca de llegar a esa situación.
Sergio Fidalgo: Cambiando de asunto, durante los años de Ada Colau el Ayuntamiento impulsó una política claramente hostil hacia el turismo. Siempre me gusta recordar que Jaume Collboni era entonces primer teniente de alcalde, porque muchas veces se presenta aquella etapa como si toda la responsabilidad hubiera sido exclusivamente de Colau.
Cuando Collboni llegó a la Alcaldía intentó transmitir la imagen de que iba a gobernar de otra manera. Sin embargo, vemos que continúa poniéndose de perfil ante los actos de turismofobia y ahora incluso propone aumentar de manera exagerada la tasa turística para los cruceristas. ¿Ha cambiado realmente algo o el Ayuntamiento sigue manteniendo la misma política que durante la etapa de los comunes?
Gonzalo de Oro: Mi respuesta es muy sencilla: Ada Colau sigue gobernando el Ayuntamiento de Barcelona. La única diferencia es que ahora lleva barba y viste traje. Puede sonar exagerado, pero sinceramente creo que incluso estamos peor. Con Colau, al menos, todo el mundo sabía qué proyecto defendía. Podías estar completamente en contra de él, pero era transparente. Collboni, en cambio, mantiene exactamente las mismas políticas mientras intenta transmitir una imagen distinta. Lo vemos claramente en materia de seguridad.
Los datos que antes comentábamos —el incremento del tráfico de drogas, de las violaciones o de las tentativas de homicidio— no comparan la situación actual con hace treinta años, sino con la propia etapa de Ada Colau. Eso significa que Barcelona está hoy peor que cuando gobernaban los comunes. También sucede con el turismo.
Collboni quiere aparecer en todas las grandes fotografías, en todos los grandes acontecimientos. Le encanta proyectar una imagen de gran alcalde internacional. Disfruta del protagonismo y de los grandes eventos. Pero después sus decisiones van exactamente en sentido contrario.
Por ejemplo, ha anunciado reiteradamente que los pisos turísticos desaparecerán en 2028 cuando, a día de hoy, no existe ninguna norma firme que garantice que eso vaya a suceder. Habla más de un deseo político que de una realidad jurídica. Además, responsabiliza a los pisos turísticos tanto de la saturación turística como del problema de la vivienda. Nos parece un planteamiento profundamente equivocado.
Los pisos turísticos representan aproximadamente el 1 % del parque de viviendas de Barcelona, unas diez mil viviendas. Sin embargo, la ciudad necesita muchas más que esas diez mil para resolver el problema del acceso a la vivienda. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿por qué existen alrededor de 60.000 viviendas vacías en Barcelona? La respuesta es bastante sencilla. Muchos propietarios prefieren mantener cerrados sus pisos por miedo a la ocupación ilegal o a encontrarse con inquilinos que dejen de pagar y a los que después resulte prácticamente imposible desalojar.
Sergio Fidalgo: Esa es una denuncia que hacéis con frecuencia. Hay muchos pequeños propietarios que prefieren renunciar al alquiler antes que arriesgarse a sufrir una ocupación o un impago y acabar teniendo que asumir, además, los gastos de suministros y los desperfectos de la vivienda.
Gonzalo de Oro: Exactamente. Y a todo eso hay que añadir otro problema. Los pisos turísticos representan alrededor del 40 % de las plazas de alojamiento de Barcelona. Si desaparecen de golpe, la oferta hotelera se reducirá enormemente y los precios se dispararán. Nosotros defendemos un modelo turístico muy distinto al que ha existido durante los últimos años. No queremos más turismo, sino un turismo mejor. Queremos familias, turismo cultural, congresos internacionales, visitantes que consuman en nuestros restaurantes, compren en nuestros comercios, utilicen taxis, visiten museos y generen riqueza para la ciudad. Ese es el turismo que beneficia a Barcelona.
Lo que no queremos es el modelo que durante años fomentó la izquierda: el turismo de borrachera, de drogas y de comportamientos incívicos. Con los cruceros sucede exactamente igual. Ahora se pretende convertir a los cruceristas en los grandes responsables de la masificación turística. Sin embargo, un informe reciente de la Universidad de Gerona concluye que apenas representan el 2,5 % del total de visitantes que recibe Barcelona.
Por tanto, el problema no son los cruceros. El verdadero problema es la concentración de grandes acontecimientos en muy pocas semanas En apenas un mes hemos tenido la visita del Papa, la Fórmula 1, el Primavera Sound, el Sónar, las actividades de la Capital Mundial de la Arquitectura y otros grandes eventos.
Es lógico que durante esos días la ciudad se sature. La solución pasa por distribuir mejor el calendario y repartir esos grandes acontecimientos a lo largo del año. Lo que no tiene sentido es culpar siempre al turismo. Además, existe una enorme contradicción. Cuando la izquierda propone elevar constantemente las tasas turísticas, lo que en realidad está haciendo es convertir Barcelona en un destino reservado para quienes tienen más dinero.
Al final, quien más sufre esas políticas no es el turista con mayor poder adquisitivo, sino quien hace un esfuerzo para viajar. Nosotros defendemos un turismo responsable, respetuoso con la ciudad y beneficioso para la economía. No queremos turistas que vengan únicamente a emborracharse o a participar en rutas de prostitución.
Queremos visitantes que disfruten de Barcelona igual que nosotros disfrutamos cuando viajamos a cualquier otra ciudad del mundo. No debemos contemplar al turista como un enemigo, sino como alguien que contribuye a la prosperidad de Barcelona siempre que exista un equilibrio razonable entre su presencia y la calidad de vida de los vecinos.

Sergio Fidalgo: Otro asunto que preocupa mucho a los barceloneses es la limpieza. Cada verano vuelve a hablarse de la proliferación de ratas y cucarachas, especialmente cuando llegan las altas temperaturas. ¿Está haciendo el Ayuntamiento un esfuerzo suficiente para combatir este problema o Barcelona sigue arrastrando las mismas deficiencias que durante la etapa de Ada Colau?
Gonzalo de Oro: Quiero pensar que el Ayuntamiento realiza un esfuerzo y que existe un trabajo de mantenimiento. Incluso estoy dispuesto a creer que también se hacía durante la etapa de Ada Colau. El problema no es tanto que no exista un servicio de limpieza, sino que no se actúa con la intensidad necesaria allí donde realmente hace falta.
Quienes trabajamos diariamente en el centro de Barcelona conocemos perfectamente la situación. Basta pasear por el Barrio Gótico a primera hora de la mañana para comprobar que muchas calles desprenden un fuerte olor a orina. Algunas se limpian con camiones baldeadores, pero otras muchas no.
A ese problema se suma otro que resulta imposible ignorar. Con la llegada del calor aumentan las plagas de insectos, algo relativamente normal en una ciudad con nuestro clima. Pero también hay una realidad social muy preocupante: Barcelona cuenta con más de un centenar de asentamientos donde numerosas personas viven en condiciones absolutamente indignas.
Esa ha sido la gran respuesta de este Ayuntamiento. Permitir que cientos de personas malvivan en tiendas de campaña, sin condiciones higiénicas, sin servicios básicos y en una situación completamente insalubre. Es evidente que todo eso favorece la aparición de ratas, plagas y problemas sanitarios que hacía décadas que no veíamos en Europa.
Al final, cuando una ciudad se construye sobre el desorden y el «todo vale», las consecuencias aparecen en todos los ámbitos: seguridad, limpieza, convivencia y civismo. Durante años se ha fomentado una política de puertas abiertas sin que existiera capacidad real para integrar a quienes llegaban. Una parte importante de esas personas quiere trabajar y salir adelante, pero también hay quienes no tienen ninguna intención de integrarse.
El resultado son guetos y asentamientos permanentes que representan, precisamente, el mayor enemigo de la integración. Yo siempre planteo la misma reflexión: ¿de verdad es más humano permitir que una persona viva rodeada de ratas en un campamento improvisado que facilitar su regreso a su país de origen si no reúne las condiciones para permanecer aquí?
Además, existe otro aspecto que pocas veces se menciona. Hay mafias que se enriquecen explotando a estas personas durante todo el proceso migratorio. Y después algunas organizaciones reciben importantes subvenciones públicas mientras ese drama continúa produciéndose.
No me parece una política verdaderamente humanitaria Barcelona necesita recuperar el orden. Necesita que quienes lleguen lo hagan de forma legal, en función de las necesidades del país y con pleno conocimiento de quiénes son, cuáles son sus antecedentes y cuál es el motivo por el que vienen.
Eso es exactamente lo que hacemos todos cuando alguien entra en nuestra casa. Lo lógico es saber quién es esa persona y por qué está allí. Sin embargo, nosotros estamos haciendo justamente lo contrario. Y ese modelo termina reflejándose en todos los ámbitos de la ciudad: más inseguridad, menos civismo, más suciedad y una sensación de decadencia que cada vez perciben más barceloneses.
Sergio Fidalgo: Antes de terminar, ¿qué mensaje te gustaría trasladar a quienes nos están viendo?
Gonzalo de Oro: Me gustaría pedir a todos los ciudadanos que escuchen directamente a Vox antes de formarse una opinión sobre nosotros. Es verdad que defendemos propuestas muy contundentes, pero creo que el momento que vive España también exige respuestas firmes.
Lo único que pido es que la gente no juzgue a Vox por lo que otros dicen que dice Vox, sino por lo que realmente defendemos nosotros. Basta con leer nuestro programa electoral o escuchar nuestras intervenciones para comprobar que muchas de las cosas que se afirman sobre nuestro partido son sencillamente falsas.
Barcelona necesita un cambio profundo. Necesita recuperar el orden, el sentido común y la capacidad de afrontar los problemas sin esconderlos bajo la alfombra. Porque un problema que se niega nunca puede solucionarse. Quienes llevan años diciendo que los problemas no existen o intentando ocultarlos han demostrado que no son capaces de resolverlos. Nosotros creemos que el primer paso para cambiar Barcelona consiste, precisamente, en reconocer la realidad y tener el valor político de actuar en consecuencia.
Sergio Fidalgo: Gonzalo de Oro, presidente del Grupo Municipal de Vox en el Ayuntamiento de Barcelona, muchas gracias por atender a elCatalán.es.
Gonzalo de Oro: Gracias a vosotros. Ha sido un placer.
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