Gerardo Pisarello no es un recién llegado a la política barcelonesa, aunque su regreso se venda como una renovación. Nacido en Tucumán (Argentina) en 1970 y doctor en Derecho Constitucional, este profesor universitario se convirtió en el brazo derecho —y para muchos, el verdadero ideólogo— de Ada Colau durante su primer mandato. Su trayectoria está indisolublemente ligada al activismo que saltó de las plazas a los despachos municipales en 2015.
Su etapa como primer teniente de alcalde será recordada por una gestión donde el simbolismo pesó más que la eficiencia administrativa. Pisarello fue el principal impulsor de la retirada de símbolos monárquicos, protagonizando escenas tan comentadas como el desalojo del busto de Juan Carlos I del salón de plenos. Para el candidato de los Comuns, la política es, ante todo, una batalla cultural y de gestos.
El episodio más tenso de su carrera municipal ocurrió en el balcón del Ayuntamiento durante las fiestas de la Mercè de 2015. En plena «guerra de banderas» entre la estelada de ERC y la española del PP, Pisarello forcejeó con Alberto Fernández Díaz para intentar retirar la enseña nacional. Aquel incidente le valió duras críticas por su falta de neutralidad institucional y marcó su perfil como un político de confrontación.
Más allá de las banderas, su gestión económica también estuvo bajo la lupa. En 2018, la oposición en bloque reprobó sus cuentas municipales en un pleno extraordinario, acusándole de «luces rojas» financieras y de recortar inversiones clave. Su semblante tenso y la falta de argumentos técnicos en aquella sesión evidenciaron el desgaste de un dirigente que se sentía más cómodo en la proclama que en la hoja de Excel.
Incluso en el ámbito de la promoción económica, su paso por el consistorio dejó sombras. Fue sonada la polémica por la supuesta pérdida de una inversión millonaria de una farmacéutica china por su culpa; aunque el gobierno municipal lo negó, las críticas por su «falta de profesionalidad» en las reuniones con inversores fueron constantes. Su estilo, a menudo calificado de «arisco» por sus rivales, le granjeó una fama de político difícil para el consenso.
Su salida hacia Madrid en 2019 fue interpretada por muchos como un «exilio dorado» para un perfil que ya estaba excesivamente quemado en la política local. Como secretario primero de la Mesa del Congreso, ha mantenido su perfil beligerante, siendo un portavoz habitual de las tesis más radicales de Sumar y los Comuns. Su vinculación con el nacionalismo, incluso afiliándose a Òmnium Cultural, ha sido otra constante en su hoja de servicios.
La biografía de Pisarello está marcada por el asesinato de su padre a manos de la dictadura argentina, un hecho trágico que él mismo cita para explicar su compromiso político. Sin embargo, en Barcelona, esa pasión se ha traducido a menudo en un sectarismo que sus críticos consideran incompatible con la alcaldía de una ciudad cosmopolita. Su regreso busca reactivar el voto más ideologizado de la izquierda urbana.
El ahora candidato defiende su origen migrante como un valor añadido, pero sus detractores ven en ello una estrategia para desviar la atención de un balance de gestión cuestionable. Durante años, Pisarello fue el rostro de una Barcelona que dio la espalda a los sectores productivos para centrarse en una agenda de decrecimiento y conflicto institucional permanente con el Estado.
Su relación con la prensa también ha sido espinosa. Se le ha acusado frecuentemente de evitar preguntas incómodas y de utilizar métodos poco ortodoxos, como el envío de burofaxes a medios críticos, para silenciar informaciones negativas. Este control del relato es fundamental en su estrategia para volver al Ayuntamiento de Barcelona por la puerta grande en 2027.
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