En el estanque estelado (carta a mis amigas indepes)

Lo siento chicas –lo de chicas es un artificio para disfrazar que todas somos jubiladas– pero no he querido asistir a la comida de despedida del verano que, como cada año, realizamos sobre estas fechas. La justificación de esta comida, “final de verano”, no es más que una ficción a la que recurrimos para entretenernos y pasar un rato juntas. Pero todas vosotras, ¡ay, amigas mías!, sois nacionalistas, separatistas, independentistas o como lo queráis describir y yo, ¡pobre de mí!, no estoy en vuestra línea.

Además, todas habéis votado en el butifarrèndum bis convencidas de que ese acto es un derecho democrático reprimido por la España ancestral, injusta, dominadora, corrupta e inferior social, económica y –sobretodo– moralmente a Cataluña. Vuestros sentimientos –ser y sentirse de un grupo étnico y social– no pueden ser combatidos con la lógica o la razón, así que renuncio a ello. Os respeto a vosotras y a vuestras ideas –aunque no las comparta– y vuestra convicción que en la Cataluña republicana todo mejorará exponencialmente; y si no es así, al menos seréis felices con sentiros únicamente catalanas.

Pero gran parte de los que llegamos hace muchos años a tierras catalanas, procedentes de otros rincones de la península, queremos seguir siendo españoles y catalanes;  y no sólo nosotros ya que también muchos de los que acumulan uno o varios apellidos catalanes lo sienten así.  Somos eso que se ha dado en llamar la mayoría silenciosa que, con evidente retraso, ha despertado –como se ha visto el 8 de octubre– para hacer frente a aquellos que –con toda la ayuda y el dinero de las instituciones que les caen como el maná– han tratado inútilmente de hacernos sentir miedo por expresar nuestras ideas, dividiendo binariamente la sociedad catalana entre buenos y malos, entre nacionalistas y españolistas, entre catalanes y colonos, en definitiva –como subyace en el subconsciente separatista– entre seres superiores del pueblo elegido y el resto, es decir, los inferiores.

Los que no creemos ni en la independencia de Cataluña ni en el referéndum ni en el derecho a decidir, entre los que me cuento, hemos venido actuando con prudencia  para mantener en la medida de lo posible la concordia y la paz con la familia, con los amigos, con los vecinos y con los compañeros de trabajo. Sin embargo, muchas relaciones se han deteriorado ya que en la Cataluña actual existen dos formas antagónicas de pensar y manifestarse que han hipotecado las relaciones interpersonales para un período de tiempo que se atisba largo. Las heridas abiertas no se cierran fácilmente y el deterioro  que han sufrido el afecto, la amistad y la confianza mutua permanecerá indeleble. Y es que, con posterioridad al 1 de octubre, se han vislumbrado dos Cataluñas antagónicas que no se reconciliarán al menos en dos generaciones y, parafraseando a Machado, una de ellas ha de helarnos el corazón. ¿Adivináis cuál?

Pues sí chicas, no he querido ver en ninguna de vosotras una mirada de incomprensión por mi postura de rechazo al independentismo; tampoco he querido atisbar actitudes supremacistas respecto a los nacidos fuera de las imaginarias fronteras de los Països Catalans, especialmente de aquellos nacidos en los territorios situados más al sur de la península; no he querido estar toda la comida buscando temas de conversación que no incidan en el mantra de que votar es democracia, aunque se incumplan todas las leyes; tampoco sé si hubiera podido evitar comentaros que La Caixa –y con ella prácticamente 600 empresas más– se ha ido del paraíso catalán cuando sé que todas vosotras sois clientes de esa entidad bancaria y no podéis entender su huida galopante, a pesar de las promesas de que ello no sucedería –sino todo lo contrario– de vuestros idolatrados líderes procesistas.

Sois todas unas chicas maravillosas pero siento que entre nosotras se ha roto la emoción de ser amigas y compartir vivencias. Y como no he querido que, durante la comida o al brindar –como siempre– con un buen cava catalán, se rompiera con estultas discusiones la harmonía y el entendimiento conseguidos con tantos años de amistad, no he asistido a esa comida. Os deseo, sin embargo, que lo hayáis pasado muy bien y hayáis podido hablar libremente sin necesidad de retener vuestras ideas y reflexiones para no herir a una equivocada ciudadana que milita en el bando contrario al vuestro: el de la otra Cataluña, la Cataluña real, la de los no conversos, la de los no creyentes, la de aquellos que queremos seguir siendo catalanes y españoles, manteniendo la igualdad entre los territorios, la paz social y los derechos de todos independientemente de su ideología.

Espero que en ese camino podamos encontrarnos de nuevo.

Que vagi de gust, amigues!

Mercedes Pérez

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