El humor siempre ha tenido un papel esencial en la crítica política. La sátira, bien entendida, es uno de los pilares de la libertad de expresión. Pero cuando esa crítica se convierte en una herramienta para ridiculizar a una parte de la sociedad y reforzar una narrativa ideológica concreta, deja de ser humor para convertirse en propaganda. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Està passant, el programa estrella de TV3 producido por Toni Soler.
Desde su estreno, Està passant ha cultivado un estilo corrosivo, cargado de ironía y sarcasmo. El problema no está en la forma, sino en el fondo. Su humor apunta siempre en una misma dirección: contra los catalanes que no se alinean con el independentismo, contra los constitucionalistas, contra los votantes de ciertos partidos, contra cualquier voz que cuestione el discurso dominante en la televisión pública catalana.
TV3, como medio público, tiene la responsabilidad de representar a toda la ciudadanía catalana. Sin embargo, programas como Està passant refuerzan la sensación de que hay catalanes de primera y de segunda. Los primeros, los que se identifican con el relato nacionalista. Los segundos, los que piensan diferente y acaban siendo caricaturizados como enemigos de Cataluña. Es una fractura que no se esconde, sino que se alimenta noche tras noche desde el plató.
El caso es especialmente grave porque hablamos de una televisión financiada con dinero de todos los catalanes. Que un espacio de humor pueda existir en una cadena pública es legítimo y necesario. Que ese espacio se utilice sistemáticamente para menospreciar a una parte de los espectadores, no lo es. Cada chiste condescendiente, cada burla a políticos o medios no independentistas, cada guiño ideológico disfrazado de risa, es una forma sutil —pero eficaz— de exclusión.
Toni Soler, desde su productora Minoria Absoluta, ha sabido convertir ese modelo en una fórmula rentable. Nadie discute su talento como creador de formatos, pero sí su responsabilidad como referente de un medio público. Lo que en sus inicios fue una propuesta fresca y crítica, se ha transformado con el tiempo en una rutina ideológica que confunde el humor con el adoctrinamiento.
Mientras tanto, miles de catalanes que no se sienten representados por el independentismo cambian de canal o desconectan, cansados de ser el blanco constante de bromas y clichés. No se trata de censurar el humor —nadie propone eso—, sino de reclamar algo tan básico como pluralidad, respeto y equilibrio en una televisión que pertenece a todos.
El problema de Està passant no es que se ría del poder, sino que solo se ría del poder ajeno, nunca del propio. Ese desequilibrio convierte al programa en una extensión del discurso político dominante, no en un espacio de sátira libre. Y cuando el humor deja de ser libre, deja de ser humor.
En definitiva, TV3 tiene una oportunidad —y una obligación— de repensar su modelo. La televisión pública catalana no puede seguir siendo un altavoz de una parte del país a costa de ofender a la otra. Porque cuando la risa divide, deja de ser risa. Y cuando el humor sirve para excluir, lo que fracasa no es un programa: fracasa el servicio público.
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