Todo lo que toca Pedro Sánchez lo destruye o lo deja en mal estado – menos Bildu -. La lista es larga: Sumar, Podemos, Compromís, PNV, Ábalos … y, por supuesto, ERC. El haber sido el criado perfecto del PSOE le ha pasado una terrible factura a Esquerra Republicana que se ha pegado cuatro batacazos electorales – municipales, generales, autonómicas y europeas – en unos meses en favor de un PSC que ha aumentado su hegemonía en Cataluña gracias a los votos que ha conseguido dentro del electorado de Esquerra.
Lo que más daño ha hecho a Esquerra fue el desastroso resultado en las autonómicas, dado que no pudo rentabilizar su gestión en solitario al frente de la Generalitat debido a que el electorado catalán consideró que eran los monaguillos del PSC. La dimisión de Pere Aragonès tras la debacle puso en evidencia que había dos sectores que aspiraban a hacerse con los restos de ERC, capitaneados por Oriol Junqueras y Marta Rovira.
Los partidarios del ex presidente del partido y ex presidiario defienden la política de concertación con los socialistas, como manera de atraer al PSC al mundo separatista y conseguir así «ensanchar la base» independentista de cara a un futuro referéndum de autodeterminación. Y los alineados con Marta Rovira no solo quieren cargarse a Junqueras para ser ellos los que corten el bacalao, sino que piensan que el PSC no tiene remedio, que siempre será un partido «españolista» – a pesar de que Illa defiende la política de exclusión del español del separatismo -, y que ERC ha de tener un perfil propio tendente a pactar con los otros partidos secesionistas.
En medio de los dos sectores o, mejor dicho, en ambos sectores, los centenares de cargos públicos, asesores y enchufadetes diversos que quieren mantener sus sueldos gigantescos y que dependen de pactos presentes (diputaciones y ayuntamientos con el PSC) o futuros (Ayuntamiento de Barcelona con el PSC y Generalitat con Comunes y PSC). Sin olvidar a cerca de ocho mil afiliados, que son los que votarán al final, que la mayoría no tienen cargo público y que odian a Junts porque es con este partido con quién se juegan la hegemonía en casi todos los ayuntamientos de la Cataluña interior.
Ya todo vale, porque lo que primero se va a dirimir es quién manda. Aunque el Congreso esté previsto para noviembre y, por lo tanto, ERC tendrá que decidir antes si da la presidencia de la Generalitat a Illa o intenta montar un ‘frente patriótico’ con Puigdemont, estas escaramuzas son claves. Más que nada porque el acuerdo con el PSC o con Junts tendría que ser refrendado por los militantes y el resultado final sería el equivalente a una primera vuelta en el pulso por el poder interno que se resolverá en el congreso a celebrar en noviembre.
Así, el juego sucio se ha puesto en marcha para intentar desgastar al contrario e intentar hacerle desistir antes que se someta a votación el pacto final para la Generalitat. La dimisión de la mano derecha de Pere Aragonès en el Govern, Sergi Sabrià, como viceconsejero de Estrategia del Govern por el ‘caso Maragall’ es un paso más en la escalada de navajazos internos.
Esta escalada comenzó con el manifiesto para ‘convencer’ a Junqueras que se rindiera, y que fue firmado por Rovira, Aragonès y un millar de sus seguidores y siguió con el boicot de Rovira al pacto cerrado por la federación de Barcelona – dominada por Junqueras – con Collboni para entrar en el gobierno municipal de Barcelona. Ahora mismo nadie sabe que ocurrirá con ERC y, sobre todo, con Illa o Puigdemont. Porque lo más preocupa en este momento a ambos sectores es hacerse con el control del partido. Y la lucha es a vida o muerte. ERC, en sus peores momentos, ha demostrado una ferocidad interna sin límites que ahora se puede reeditar.
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