La realidad del fútbol catalán es, en el fondo, una cuestión de mercado. Así como la economía decidió elecciones en Estados Unidos, el ánimo depredador del FC Barcelona ha intentado arrinconar al RCD Espanyol durante décadas.
No se trata de odio, sino de una estrategia de monopolio del Barça que ha provocado que Cataluña cuente con muy pocos clubes en la élite en comparación con otras regiones, como la Comunidad de Madrid. Mientras entidades históricas como el Sabadell, el Nàstic o el Lleida malviven en categorías inferiores, solo el sentimiento perico ha logrado sobrevivir al tsunami azulgrana.
Bajo disfraces de universalidad, el objetivo real del Barça ha sido detentar el control absoluto del fútbol en nuestra comunidad autónoma. El fenómeno actual del Girona como tercer club en la elite se interpreta como algo pasajero que acabará sucumbiendo a la labor de zapa culé, tal como ha sucedido con otros proyectos en el pasado.
En este escenario, el Espanyol emerge como un caso único de resistencia. Es el único club que ha mantenido su lugar en el fútbol profesional de forma prolongada, a pesar de las dificultades impuestas por un entorno que busca su invisibilidad.
Pese a ocupar un lugar secundario respecto al potencial social y económico que le correspondería por historia, la afición blanquiazul puede estar orgullosa de su resiliencia. Sin embargo, el orgullo no es suficiente para seguir creciendo. Los resultados mandan y, para alcanzar los objetivos marcados, es imprescindible tener las ideas claras y dotar al club de los medios necesarios. Solo así se podrá combatir un sistema que penaliza la pluralidad deportiva en Cataluña.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















