Ser del Espanyol, especialmente durante la infancia, es un ejercicio de resistencia constante. En un entorno dominado por el relato del rival, tiene un mérito extraordinario mantenerse firme en el pupitre y negarse a cantar himnos ajenos o a participar en visitas que no representan nuestro sentimiento.
El joven perico soporta una presión social difícil de gestionar: las burlas de quienes presumen de títulos y estrellas mundiales frente a quienes lucimos con orgullo la camiseta de Dani Jarque. Esta fidelidad es doblemente valiosa en un fútbol actual donde la falta de referentes de larga duración, debido a la venta prematura de nuestras promesas, dificulta la creación de nuevos ídolos como lo fue Raúl Tamudo.
La «cabezonería» se erige como el motor de nuestra supervivencia. Esa voluntad de lucha y resistencia es lo que ha permitido al club navegar en tiempos agitados sin cambiar de colores. Somos una afición orgullosa, poco dada a dar el brazo a torcer cuando creemos llevar la razón, una actitud que, si bien a veces genera debates internos, ha sido el escudo protector del club durante más de un siglo.
Esa tozudez perica, el no «bajarse del burro» y llevar nuestras convicciones hasta el extremo, es lo que nos mantiene vivos después de 125 años de historia. Ser del Espanyol no es el camino fácil, pero es el camino de la identidad y la dignidad frente a la corriente mayoritaria. Por ello, ante las dificultades presentes y futuras, solo cabe reivindicar esa firmeza de carácter que nos define.
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