“A España ofrecida tengo muerte y vida”. Un homenaje al Capitán Borja Aybar

Artículo de Ángel Mazo da Pena (Teniente General retirado, Ejército del Aire; natural de Vic-Barcelona)

“A España ofrecida tengo muerte y vida”, reza uno de los versos del himno del Ejército del Aire. A raíz del desgraciado accidente del Capitán Borja Aybar, con el que me siento espiritualmente identificado pese a las treinta y cuatro promociones que nos separan, mucha gente ha quedado impactada y está deseosa de hacer llegar sus sentimientos de pésame y solidaridad a la familia y a los compañeros del Ejército del Aire. Muchas gracias.

Una muerte así, lamentablemente lo sabemos bien, resulta siempre impactante, y el conocimiento de alguna circunstancia nos lleva a considerarle como alguien que anteayer fue capaz de una heroicidad. Pero hay una realidad que es mucho menos tangible para la sociedad y quiero aprovechar la desgraciada ocasión para ponerla de manifiesto. El Capitán Aybar era un héroe (potencial, si se quiere) desde que ingresó en el Ejército del Aire y juró bandera. Su disposición a morir si fuera preciso, junto con la disposición de todos sus compañeros fue ya heroica, como lo ha sido la de quienes les han precedido y será la de quienes les sucedan.

Ningún militar sabe cuándo ocurrirá, ni si llegará ese momento, pero sí que habrá poco tiempo para decidir ser un héroe llegado el caso (lo tenemos decidido de antemano; y para un piloto puede ser sólo cuestión de segundos…). Desde la Jura de Bandera, el militar es ya una especie de héroe, un héroe a la espera del momento de demostrarlo, un momento que –por otra parte- no desea, como no desea tampoco su familia, por asumido que lo tenga.

Así, esta es una característica de la profesión militar que, entre otras, la hace distinta a las demás profesiones; a los militares nos es exigible moral y legalmente; consiste nada menos que en dar la vida (cada pedacito de la rutina diaria, cada porción de tiempo libre fuera de esa rutina y cada gota de nuestra sangre en el instante supremo, si llega).

Tal sentido de la disponibilidad acompaña siempre nuestro espíritu desde bien jóvenes, y retirados ya –como yo mismo- sigue sin abandonarnos porque ha dejado de ser exigible legalmente pero nos lo autoexigimos moralmente.

Forma parte de nuestro ser y, por tanto, es esencia. El accidente, y el dolor inmenso que lo acompaña, y hasta la cicatriz que deja eternamente en la familia y en los compañeros, son mera circunstancia. La categoría por encima de la anécdota, la esencia sobre la circunstancia.

Y este nuestro sentir, y este nuestro pensar, son parte de una realidad que, por sincera y sabida, asumimos con tal naturalidad que nunca acertamos a transmitirla y queda oculta para el pueblo al que con tanta alegría y generosidad servimos durante años. Hoy quiero poner un poco de remedio a esto.

Sépanlo todos los españoles, incluidos los pocos que han osado mofarse de mi último compañero caído; y sepan los primeros que, por españoles (todos… ustedes ya me entienden), son admirable categoría; y los segundos que, por despreciables, son irrelevante anécdota.

“A España ofrecida tengo muerte y vida”.


Article d’Ángel Mazo da Pena (Tinent General retirat, del Ejército del Aire; natural de Vic)

“A España ofrecida tengo muerte y vida”, diu un dels versos de l’himne de l’Ejército del Aire. Arran del desgraciat accident del Capità Borja Aybar, amb el qual em sento espiritualment identificat malgrat les trenta-quatre promocions que ens separen, molta gent ha quedat impactada i vol fer arribar els seus sentiments de condol i solidaritat a la família i als companys de l’Ejército del Aire. Moltes gràcies.

Una mort així, lamentablement ho sabem bé, resulta sempre impactant, i el coneixement d’alguna circumstància ens porta a considerar-lo algú que abans-d’ahir va ser capaç d’una heroïcitat. Però hi ha una realitat que és molt menys tangible per a la societat i vull aprofitar la desgraciada ocasió per posar-la de manifest. El Capità Aybar era un heroi (potencial, si es vol) des que va ingressar a l’Ejército del Aire i va jurar bandera. La seva disposició a morir si calgués, juntament amb la disposició de tots els seus companys ja va ser heroica, com ho ha estat la d’aquells que els han precedit i que els succeiran.

Cap militar sap quan passarà, ni si arribarà aquest moment, però sap que tindrà poc temps per decidir ser un heroi arribat el cas (ho tenim decidit per endavant i per un pilot pot ser només qüestió de segons…). Des de la Jura de Bandera, el militar és ja una mena d’heroi a l’espera del moment de demostrar-ho, un moment que –per altra banda- no desitja, com no desitja tampoc la seva família, encara que ho tingui molt assumit.

Així, doncs, aquesta és una característica de la professió militar que, entre d’altres, la fa diferent de les altres professions; als militars ens és exigible moralment i legal; consisteix ni més ni menys que en donar la vida (cada trosset de la rutina diària, cada porció de temps lliure fora d’aquesta rutina i cada gota de la nostra sang en l’instant suprem, si arriba).

Aquest sentit de la disponibilitat acompanya sempre el nostre esperit des de ben joves, i un cop retirats –com jo mateix- segueix sense abandonar-nos perquè ha deixat de ser exigible legalment però ens ho autoexigim moralment.

Forma part del nostre ésser i, per tant, és essència. L’accident, i el dolor immens que l’acompanya, i fins i tot la cicatriu que deixa eternament en la família i en els companys, són mera circumstància. La categoria sobre l’anècdota, l’essència sobre la circumstància.

I aquest sentir nostre, i aquest pensar nostre, són part d’una realitat que, per sincera i sabuda, assumim amb tal naturalitat que mai no aconseguim transmetre-la i queda amagada pel poble al qual servim amb tanta alegria i generositat durant anys. Avui vull posar una mica de remei a això.

Que ho sàpiguen tots els espanyols, inclosos els pocs que han gosat mofar-se del meu últim company caigut; i sàpiguen els primers que, per espanyols (tots els espanyols…, ja m’entenen), són admirable categoria; i els segons que, per menyspreables, són irrellevant anècdota.


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