Entrevista a Juan Claudio de Ramón: “En una democracia la autodeterminación es autosegregación”

Colaborador en medios como El País, Jot Down o The Objective, Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982) es un incisivo articulista cuyos intereses principales orbitan en torno a la lengua, el nacionalismo y el proyecto europeo. En una conversación con El Catalán, el escritor disecciona la compleja situación política catalana.

Usted ha vivido en Canadá. ¿Qué podemos aprender de los canadienses sobre la cuestión soberanista?

Canadá es la única otra democracia occidental que se ha enfrentado a un proceso de secesión de cariz cultural. Lo ha superado, y, si queremos aprender de esa experiencia, debemos entender muy bien qué es lo que allí se hizo bien. Para mí, lo capital no fueron los referendos –que fueron expresión de la crisis y no la manera de abordarla, como interesadamente se hace creer a veces en España– sino la completa asunción por parte del gobierno, no sin resistencias de ciertos sectores anglófonos, de la importancia del francés en la Federación.

La solución no es totalmente importable a España –tenemos cuatro lenguas principales, no dos– pero sí nos podemos inspirar en este principio: si resuelves la querella lingüística, resuelves buena parte del problema. Por lo demás, no solo hubo enmienda y reforma por parte del Estado; también un constante ejercicio de defensa de los valores de la unión y el pluralismo.

En un artículo, señalaba que, a muchos ciudadanos, tanto catalanes como del resto de España, les cuesta comprender la gravedad de lo que sucede en Cataluña. ¿A qué se debe?

Creo que esa indiferencia ha caducado. Pero sí es cierto que durante mucho tiempo si uno defendía que, en Cataluña, España tenía un problema grave que amenazaba la existencia del Estado, se le tachaba de extremista y se le miraba con suficiencia. Creo que esto tiene que ver con que nos cuesta dar un contenido concreto, vital, a la idea abstracta de ciudadanía. Pero la independencia de Cataluña no es otra cosa que esto: una contracción no justificada del ámbito espacial donde se despliega el estatuto de derechos y deberes que llamamos ciudadanía española.

¿Y cómo entender que la fuga de empresas no haya reducido el apoyo al independentismo?

Bueno, seguramente la fuga de empresas no se haya traducido todavía en un movimiento efectivo de factores de producción. Pero eso da igual. Para un independentista convencido no hay nada más importante que perder de vista a España, y si eso pasa por perder tejido económico o calidad de vida, pues sea. El declive económico, que en muchas ocasiones a él no le afecta, no altera ese equilibrio de preferencias.

También sostiene que para solventar el conflicto catalán bastaría “una palabra de la izquierda”. ¿A qué se refiere?

A que la izquierda es tradicionalmente la gran educadora de la opinión pública. Y no ha querido o no ha podido explicar las consecuencias que, desde el punto de vista de la solidaridad interterritorial, comporta un proyecto como el secesionista. Tampoco ha querido explicar, quizá porque no lo ha entendido, que en democracia, y España es una democracia, la autodeterminación sólo puede ser autosegregación, y eso atenta contra el ideal democrático, que es el de la igual ciudadanía.

Pedro Sánchez ha insistido en que la solución para Cataluña pasa por perfeccionar su autogobierno. ¿Está de acuerdo?

Depende de lo que queramos decir con “perfeccionar”. A lo mejor perfeccionar significa más autogobierno en unas áreas y menos en otras, porque hay cosas que se gestionan mejor en la cercanía y otras en la distancia. Eso es lo que podría pasar en un sistema federal más cabal. Si por perfeccionar entendemos que es necesario clarificar y delimitar mejor, de forma que se produzcan menos conflictos de competencias, entonces estoy de acuerdo. Por lo demás, y esto hay que repetirlo, ni en el sistema federal más avanzado existe el autogobierno blindado, porque siempre habrá una jurisdicción federal que podrá interpretar tu normativa para ver si es conforme a la Constitución.

Y de llevarse a cabo una reforma constitucional, ¿en qué sentido debería abordarse?

Hay que tomarse su tiempo. Meditar los problemas. Generar consensos. Convocar comisiones. Producir libros blancos. En lo territorial, creo que deberíamos intentar dejar encauzado el contencioso lingüístico en la Constitución, que es lo que hizo Pierre Trudeau en Canadá. Resumiendo mucho, creo que debemos, por un lado, elevar el rango de las lenguas cooficiales. Pero quiero ser claro: no comparto el victimismo lingüístico del que hacen gala los nacionalistas. Creo que España, hoy por hoy, sí ampara su diversidad lingüística. Mi propuesta es que el Estado pase de ampararla a gestionarla activamente, para que nadie pueda pensar que su lengua está siendo preterida. España tiene una lengua común, pero no tiene una lengua nacional. Por otro lado, habría que sentar, en una ley general a partir de una disposición constitucional, los derechos lingüísticos de los administrados y las obligaciones de las administraciones. No es fácil, pero creo que hay amplio terreno para el encuentro si nos fijamos en las mejores prácticas de otras democracias plurilingües.

Tanto Iglesias como Colau han criticado el fenómeno Tabarnia por su falta de “seriedad”. ¿Por qué esta broma hace tan poca gracia a la nueva izquierda?

Bueno, es lo habitual. La izquierda, no toda, pero sí la de Colau o Iglesias, considera que todo lo que sea herir la sensibilidad del independentismo –al parecer, la noción de Tabarnia lo hace– es menos admisible que herir la sensibilidad de otros colectivos. Pero Tabarnia es sólo un espejo.

Puigdemont ha defendido la inmersión obligatoria en catalán asegurando que “si se separa a la gente por lengua, se acabará balcanizando Cataluña”. ¿Comparte ese pronóstico?

Puigdemont emplea una trampa dialéctica habitual que consiste en ocultar una premisa en su razonamiento que no debemos dar por buena: que toda alternativa a la inmersión pasa por separar a los alumnos por lengua. Es obvio, y esta es la gran verdad convenientemente negada durante años, que hay sistemas pedagógicos alternativos a la “inmersión”, que no pasan por separar a los alumnos por lengua; se separan las materias, tantas en una lengua, tantas en otra. La llamada inmersión no cumple ninguna labor pedagógica que no pudiera cumplir una educación bilingüe, adaptada al contexto local, que es lo que se reclama. Pero sí cumple una función ideológica importante para Puigdemont y el independentismo, que es hacer de la lengua española algo extraño o forastero. Algo que se tiene en común, tiende a disiparse o adelgazarse.

Son muchos los que señalan que la fractura social en Cataluña podría tardar años o décadas en desaparecer. Pero, ¿qué puede hacerse para superarla?

Va a depender mucho de los tipos de liderazgos que surjan, tanto en Madrid como en Barcelona. Para que la gente deje de mirarse con desconfianza en razón del partido al que vota o deja de votar, hace falta que los líderes de esos partidos bajen el pistón y se hable un lenguaje más conciliador. Lo mismo con la prensa. Ciertamente, no soy equidistante. En mi opinión, el lenguaje que gasta el complejo político-mediático del soberanismo es de un calibre mucho más grueso que el que se usa en el resto de España, sin distinguir partidos. Pero también en Madrid se pueden escoger mejor las palabras.

Una entrevista de Óscar Benítez

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