Entrevista a Teodoro León Gross: “El desprecio a la otra mitad de Cataluña es el motor del ‘procés”

El columnista de El País, Teodoro León Gross

Actualmente columnista del diario El País, Teodoro León Gross (Málaga, 1966) fue también articulista de El Mundo y uno de los firmantes del manifiesto Libres e iguales en 2014. Para León Gross, tal y como explica a El Catalán, “si algo caracteriza al procés o a los procesistas es no permitir nunca que la realidad interfiera en su discurso”.

Según Mario Vargas Llosa, “el nacionalismo es una fuente de racismo”. ¿Está en lo cierto?

Quizá no necesariamente, pero tiende a ser así. El nacionalismo, entendido como el conjunto de ideas y sentimientos que conforman el marco conceptual de una identidad nacional, tiende a afirmarse por contraposición. Y en ese conflicto, las convicciones apuntan a la certeza de merecer algo que el otro nos escamotea, o sea, Espanya ens roba; y por tanto a terminar denigrando al otro, con valores degradados, lo que pronto genera una superioridad moral que abona el supremacismo. Sobre ese principio sartreano de que “el infierno son los otros”, hay un proceso de deshumanización muy peligroso. Los artículos de Quim Torra son un ejemplo muy característico de ese desastre.

El nacionalismo insiste una y otra vez en ejercer el llamado “derecho a decidir”. ¿Es una reclamación razonable?

Es una reclamación que sitúa el procés, como tantas otras cosas, en el nivel de delirio fuera de la realidad. ¿Qué es el derecho a decidir? Eso no existe. Se trata de un sintagma aparentemente bienpensante, blanco, que sirve de soporte del derecho de autodeterminación, que es absolutamente inaplicable al caso de Cataluña. De hecho, el nacionalismo catalán no ha logrado el aval de ningún organismo internacional. Siempre habrá partidarios por el mundo, donde nunca faltan supporters para cualquier causa sobre todo si se barniza con un aire romántico de movimiento de liberación nacional, y siempre habrá quienes se sumen a la causa, sobre todo si tienes un buen presupuesto con que regar los entusiasmos.

Transcurridos casi dos años desde el otoño catalán de 2017, lo ocurrido entonces sigue siendo objeto de debate. Golpe de Estado, pronunciamiento civil, golpe posmoderno… ¿Cómo llamaría usted a lo sucedido aquellos días?

Como sucede con las etiquetas, depende del uso. Si partimos del concepto de golpe de Kelsen, muy recurrente por su autoridad, es decir, la “modificación  ilegítima de la constitución, o su reemplazo por otra, no efectuada conforme a las disposiciones constitucionales”, sin duda puede definirse como golpe. Hay antecedentes en la Historia de España. A mí la etiqueta de golpe posmoderno, que quien más y mejor ha desarrollado es Daniel Gascón, me parece muy afortunada por lo que tiene de narrativa virtual. En todo caso, esas denominaciones deben ser paralelas a las calificaciones jurídicas; pero hubo un desafío organizado contra el orden constitucional, actuando abiertamente fuera de la legalidad.

Quim Torra ha anunciado que no pagará las multas de la Junta Electoral Central por los lazos amarillos para reivindicar la “libertad de expresión”. ¿Es lícita la exhibición de estos símbolos en el espacio público?

No, la exhibición de “estos símbolos” no es lícita. Y enfatizo el “estos” porque puede haber otros símbolos a los que atribuir cierto carácter totalizador, integrador, transversal, y en ese caso podría considerarse aceptable, pero el lazo amarillo remite a la existencia de presos políticos y se trata de un símbolo ofensivo para la mitad de la población, a la que también representan, o deberían representar, esas instituciones. El desprecio hacia la otra mitad de Cataluña es el motor del procés, con una apropiación fraudulenta de recursos desde un inequívoco supremacismo.

Mientras que para la consejera de Cultura Laura Borràs el castellano es “una lengua de imposición”, para el president Quim Torra hablar este idioma en Cataluña “no es normal”. ¿Ve viable la Cataluña monolingüe a la que aspira parte del nacionalismo?

Doy por hecho que la ignorancia cerril en materia de lenguas que parecen exhibir en realidad es el ventajismo oportunista de quienes saben que el idioma ha sido un instrumento central del nacionalismo. En efecto, Franco persiguió el catalán, aunque ciertamente con una intensidad muy inferior a la leyenda exacerbada desde la Transición; pero la Cataluña monolingüe es el sueño, a todas luces bastante franquista, de una Cataluña independizada convertida en un sol poble al laminar a la otra mitad de la sociedad u obligarles a pasar por el aro y ejercer de conversos. La realidad de Cataluña no es esa, sino plurilingüe y diversa. Un 53% de catalanes tiene el castellano como lengua materna, y un 31% el catalán. Pero la política lingüística ha sido uno de los factores claves de la xenofobia con la lógica de lengua propia, que genera la percepción de lengua impropia para la lengua materna de la mitad de la población y de todo el Estado.

El nuevo presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, Joan Canadell, ha negado que el procés haya afectado negativamente a la economía catalana. Por su parte, Quim Torra ha rechazado que en Cataluña exista fractura social alguna. ¿Debemos creerles?

Esto es magnífico, y provocaría una sana carcajada de no ser por las consecuencias amargas que tiene para la ciudadanía y para los empresarios en particular. Son dos de tantísimos ejemplos en el procés y el postprocés que retratan cómo se sitúan fuera de la realidad. Es notorio que ha habido impactos negativos para la economía con la marcha de empresas y la pérdida de confianza en los inversores, por más que Cataluña tenga un músculo económico fuerte, y es muy evidente la fractura social incluso en entornos familiares. Pero si algo caracteriza al procés, o a los procesistas, es no permitir nunca que la realidad interfiera en su discurso.

Por otra parte, la mayoría de los medios separatistas han abrazado la teoría conspirativa del 17-A. ¿Qué papel cree que ha desempeñado la prensa catalana en lo ocurrido en Cataluña?

Los medios y la escuela han sido dos agentes fundamentales en el procés. La escuela ha operado en el plano estructural del pensamiento, contribuyendo a levantar el relato mítico de Cataluña con una Historia muy tergiversada, y los medios han operado en el plano coyuntural fomentando la tensión de la inmediatez, manteniendo una temperatura de conflicto. Es verdad que se podrán poner ejemplos de deformación también desde la prensa de Madrid respecto al procés, pero nada que ver con lo sucedido en Cataluña. Incluso la prensa más prestigiosa y formal sirvió de apoyo a la estrategia nacionalista hasta tomar conciencia del desastre, y todavía ahora tratan de contribuir a dar una salida digna. El resto de medios secesionistas, en muchos casos regados desde la Generalitat, se mantienen en la trinchera. Pero al cabo el procés es un corpus de fake news muy notable que probablemente se incluirá entre los grandes ejercicios de manipulación de esa época.

Recientemente, se mostró critico con el diputado de Podemos por Barcelona, Jaume Asens, en el que veía “todos los tics del independentismo”. ¿Cómo valora la posición de Podemos y los comunes ante el desafío secesionista?

Podemos parece que aspiraba a ser el espacio de articulación entre secesionistas y constitucionalistas. Pero ese juego lleva a una equidistancia inaceptable porque no hay equidistancia posible. Por demás, tal geometría es falsa; los comunes están mucho más cerca del nacionalismo que del constitucionalismo, y es uno de los factores que hacen a Sánchez rehuir a Iglesias. La escena de las banderas en el balcón del Ayuntamiento, con Colau riéndole la gracia a Pisarello, fue el anticipo simbólico de lo que estaba por venir. No es raro que Tardá plantee ahora un Frente Amplio que incluya a los comunes desde la idea de que no hay una mayoría indepe, pero sí una mayoría proreferéndum.

Manuela Carmena irritó a parte del secesionismo al responsabilizar al procés del auge de Vox. ¿Tan equivocada estaba?

La resistencia a la realidad del procesismo les lleva a negarse a aceptar cualesquiera de los innumerables efectos negativos que ha provocado su delirio secesionista. Sucede con la división de la sociedad catalana y con tantas otras cosas, como esta misma. Es un hecho que el 1-O ha despertado el monstruo del nacionalismo español que estaba bastante dormido, y Vox, un partido irrelevante hasta entonces en un país que no daba espacio a una fuerza de extrema derecha, irrumpe precisamente en la estela del procés apelando al orgullo de España y sus símbolos, bien explotados en el entorno rural en Andalucía y después en el resto del país penetrando en importantes sectores urbanos. Ahora son un partido con presencia significativa en el Congreso, y con influencia en muchos gobiernos territoriales.

Por su parte, el alcalde de Granollers, el socialista Josep Mayoral, ha sostenido que “no tiene ningún sentido que haya políticos en prisión” y que su permanencia hace imposible cualquier solución al conflicto. ¿Es así?

Hay que felicitarse de que el señor Mayoral no sea juez, dada su falta de entendimiento sobre el Estado de Derecho y el imperio de la Ley. Claro que hay que lamentar, por esas mismas razones, que sea un responsable público. Por supuesto, uno puede defender que los líderes del 1-O no debieran estar en prisión preventiva; pero no puede decir que no tiene ningún sentido, y sobre todo no puede vincular su deseo a la legalidad. Otra cosa es expresar meramente su deseo, que resulta obvio. Al final el discurso indepe cala en muchos personajes que tratan de moverse entre líneas. La secuelas del procés serán profundas y duraderas.

Por Óscar Benítez


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